Crímenes del Franquismo

Los dos pozos de la finca del Maipez vigilaban el camino que llevaba directo a la garganta de la Sima de Jinámar. Antoñito, que se conocía cada palmo de la hacienda porque era el mayordomo, sentía que las piernas le flaqueaban cada vez que el ruido de los camiones rompía el silencio de la noche. Desde los matorrales, conteniendo la respiración para que el aire no delatara su presencia, veía llegar a las Brigadas del Amanecer y a las parejas de la Benemérita escoltando los cargamentos de hombres rotos.—Los que venían más jodidos por las torturas de las comisarías y de los campos de concentración de la Isleta y Gando no tenían fuerzas ni para mantenerse en pie —me confesó en el salón de su casa de Telde, allá por 1997, con los ojos empañados y la voz temblorosa de quien desentierra un fantasma—. Como no podían subir a pie el repecho que llevaba hasta la boca de la chimenea volcánica, los falangistas no se molestaban en cargarlos más. Los arrastraban directamente hacia los dos pozos de la finca los Ascanio.

La confesión le salía de las tripas, despacio, como si el tiempo no hubiera pasado desde aquellos días de terror.—Lo vi con mis propios ojos, desalado chiquillo. Allí abajo, en esa oscuridad, hay enterrados más de setenta hombres. Los lanzaban vivos entre los de la camisa azul y los guardias civiles. Se oía el golpe seco contra el fondo y luego un silencio que te masticaba por dentro.

Esas perforaciones del enorme latifundio, con sus tantos metros de caída libre, se convirtieron en tumbas verticales selladas a cal y canto en la década de los sesenta para tapar el espanto. Antes de que la sangre obrera infectara la tierra, don Antonio Ascanio usaba aquella agua salobre para el consumo de la casa; decía que salía muy fresquita de las entrañas de la isla y que quitaba bien la sed de los días de calor. Después de las matanzas, el dueño no volvió a dejar que nadie la bebiera. El agua se desvió en silencio para regar los frutales y las grandes extensiones de plataneras, alimentando la riqueza de los señores con la savia amarga de los desaparecidos que la historia oficial intentó sepultar bajo el cemento.

El silencio que cubrió la finca del Maipez, los pozos, las furnias de las medianías, del sureste y las corrientes de la Marfea, entre otros muchos más espacios de exterminio, no fue un olvido natural, sino la última fase de un genocidio fríamente planificado. En esta isla no hubo frentes de batalla como en España, pero la oligarquía agraria, las autoridades religiosas y el fascismo local levantaron una industria del exterminio para arrancar de cuajo la identidad de la clase trabajadora. Enterraron aquellos cuerpos bajo cincuenta metros de piedra y agua, sellaron las fosas con el cemento del desarrollismo de los sesenta y arrojaron las llaves al fondo del Atlántico, pretendiendo que la impunidad lavara la sangre de los asesinados. Décadas de dictadura y una transición posterior construida sobre el pacto de la amnesia institucional consolidaron un muro de encubrimiento político que protegió a los verdugos y a sus herederos, dejando las fosas intactas y los expedientes bajo llave. Por más tierra y cal que echaron sobre la geografía del horror, las verdades rotas permanecieron allí abajo, suspendidas en un tiempo congelado. El viento de las cumbres sigue silbando hoy entre las grietas del picón, y el océano, inmenso y mudo, arrastra en el vaivén de sus mareas los restos flotantes de una historia que nunca se marchó de la isla. Es el rumor eterno del agua golpeando los acantilados secos; una sombra que respira bajo el asfalto y que recuerda, a quien quiera escuchar en la noche, que hay dolores tan profundos que se vuelven parte del mismo paisaje.
© Francisco González Tejera
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Imagen: Recreación por IA de ejecuciones en un pozo de Gran Canaria