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La ayuda mutua, el antídoto contra los miedos

La palabra miedo proviene del latín: “Metus”, que significa algo así como una especie de “perturbación angustiosa del ánimo”, por un riesgo o daño real o imaginario. Es una “emoción primaria”, dirían los psicólogos. Pero también hay una interpretación biológica del mismo, que consiste en un “esquema adaptativo”, que está vinculado a un mecanismo de supervivencia, que permite al individuo responder ante situaciones adversas. Su máxima expresión es el terror.

¿A qué viene todo esto? Viene a decirnos del uso que hacen de ello los medios de comunicación, que nos presentan y tratan de imponernos ese estado cotidianamente. ¿Por qué y para qué? Veamos: esa “emoción primaria” que se instala intencionalmente en el individuo y el colectivo social, tiene el propósito que la sociedad asuma “esa perturbación angustiosa del ánimo” y acepte la propagación que conscientemente van magnificando y transformando la información en un alarmismo fatalista, semejante a la técnica aplicada por Joseph Goebbels en la Alemania nazi, que hizo de los medios de propaganda la “piedra angular” de la manipulación psicológica sobre el inconsciente colectivo para influir sobre las masas y que éstas acepten conscientemente la dependencia y la domesticación a los intereses del poder económico y político de la clase socialmente dominante.

Los trabajadores somos los principales destinatarios del mensaje que nos imponen los medios del sistema, pues siendo la clase trabajadora el sector productivo y la parte más dinámica de la sociedad, está expuesta a esa perturbación y su repercusión más inmediata se establece en los centros productivos, es decir, las fuentes de trabajo, pues es allí el principal receptáculo de esa “emoción primaria”, el miedo. Vaya si lo saben los compañeros que sienten la necesidad de organizar un taller o un puesto de trabajo para lograr las reivindicaciones más elementales y poder sobrevivir a las consecuencias que significan la lucha por el pan en medio de la precarización laboral.

Cuando en el imaginario colectivo de los trabajadores se instala esa “perturbación angustiosa del ánimo”, un serio problema aparece, que incide en el retraso de la organización de base. El miedo es la condición que paraliza y es un sentir que corre casi tan rápido como la luz por todos los lugares. Tamaña tarea tienen los activistas y militantes obreros para disipar del pensamiento de las y los trabajadores semejante “veneno”.

Cuando el ambiente de los lugares de trabajo es invadido por la conciencia del miedo, que corroe hasta los “espíritus más audaces”, se terminan ciertos “facilismos” con que se argumentan los caminos de la lucha y el compromiso de los trabajadores con ella, y “saltan” por el aire las metodología disertadas desde una “cátedra de suficiencia ideológica” que está alejada y a mucha distancia de la realidad cotidiana que padecemos los trabajadores.

El miedo corroe a la organización de base, porque despierta el egoísmo individualista como instinto de conservación en primer lugar y lleva a los compañeros a aislarse entre sí como reacción conservadora, instalando en la subjetividad de los trabajadores la idea de la pérdida de la fuente de trabajo y la sustentabilidad de su núcleo familiar. Es una tarea de “titanes” luchar contra esas consecuencias, pero lo debemos de hacer, porque es precisamente en esa condición que los patrones y las patronales basan toda su estrategia de dominación sobre los productores.

Hay que buscar las maneras y las formas de romper esa concepción en los compañeros, pues el miedo es un “agente” que hace de las inquietudes gremiales y de la organización de las ideas una cuestión riesgosa y transforma a la organización incipiente de base en “clandestina”. Y en realidad, la clandestinidad de la organización no es producto de nuestra voluntad sino de la del enemigo, él nos “arrastra” a esa situación, él nos condiciona a ése accionar, él nos sujeta a su lógica. Por lo tanto, nuestro primer accionar será “romper” su estrategia sin olvidar que el miedo es algo que se aplica socialmente, aunque parta primero del sometimiento del individuo.

Y en esta tarea de analizar las mejores formas de contrarrestar la “cultura del miedo” no puedo dejar de introducirme en los orígenes de las primeras organizaciones gremiales y preguntarnos: ¿Cómo hicieron aquellos compañeros para fundar la organización en plena represión de la barbarie del Estado y las clases dominantes? ¿Cuál fue su técnica, o mejor dicho históricamente, su arte?

Respondieron a la bestialidad del sometimiento con pequeños núcleos que se hicieron llamar Sociedades de Resistencia.

Resistir a la explotación, al miedo, al dolor, a la esclavitud. ¿Y cómo? Obrando asociado en todos los actos de la vida laboral y fuera de ella, fundando como hechos elementales y a su vez trascendentes, bibliotecas, centros culturales, núcleos de trabajadores que desarrollen y apliquen entre sí la ayuda mutua; clarísimo, para que los trabajadores incorporen conocimiento y con él, la acción de las luchas, y partiendo de esos hecho eminentemente culturales y alrededor de los mismos fueron conformando la resistencia a los miedos, que sin desaparecer, aprendieron a controlarlos.

Así fueron las primeras organizaciones sindicales, sobre ése carácter se establecieron. Bien pueden hablar de esas luchas contra los miedos la historia de la Sociedad Tipográfica Bonaerense (1857), la Unión Tipográfica (1878) la Sociedad Cosmopolita de Resistencia de Obreros Panaderos (1887), la Sociedad de Resistencia de Obreros Zapateros (1887), La Fraternidad (1887), la F.O.R.A (1901) y la Federación Gráfica Bonaerense, fundada en 1907 por obreros tipógrafos, linotipistas e impresores anarquistas y socialistas.

Aquellos compañeros hicieron con sus organizaciones resistencia a esos miedos, incorporando conocimiento a través de las bibliotecas, del intercambio de ideas y debates que fueron en su época y lo son hoy, esenciales.

¿Cómo hicieron esos trabajadores para resistir al miedo de la aplicación de la Ley de Residencia, la 4144, desde 1902 hacia adelante, que encarcelaba a los luchadores obreros y a los trabajadores que provenían de las regiones de Europa lo deportaban, asaltando sus organizaciones, sus espacios físicos y bibliotecas, además de fusilar a los “desobedientes” en las veredas y en las concentraciones de protestas? ¿Cómo hicieron para enfrentar a la siniestra Liga Patriótica, a sus asesinos, -y no era una cuestión de “vindicadores”-, como nos quieren vender con deformación histórica la prensa burguesa e historiadores “aguados”, de mala “leche”, que intentan enseñar al pueblo que el nacimiento del movimiento obrero organizado es “una cuestión lejana” y que existen pocas cosas que aprender de ello, que hay que tomarla más bien como una especie de efeméride y que nada aportaría a las luchas de hoy. Y lo que ocultan esos verdaderos “mercaderes de la historia”, que la verdad “siempre aparece al principio”, aunque a veces esté tapada; es como el Sol que siempre está, aunque se “nublen los cielos”.

Es que la idea de la cultura en el proletariado es concebida como la “idea para la construcción de una sociedad libre, de iguales y emancipada de gobiernos y gobernantes”. La pasividad anula la rebelión al sometimiento y nos acerca a la domesticación y al acostumbramiento de la “necesidad del amo”, del patrón, del jefe, del dirigente, del líder.

La mejor herramienta para contrarrestar esa “siniestra cultura del miedo” introducida sistemáticamente por los medios comunicacionales del sistema y las políticas impulsada por las patronales y la burocracia sindical, es la autoeducación de las trabajadoras y los trabajadores, promoviéndolas desde las organizaciones horizontales de base.

El debate y la reflexión es el principio gestor para templar nuestras conciencias y voluntades, convencidos que desde el colectivo es donde mejor contrarrestamos ése sentimiento. En la ayuda mutua encontraremos la virtud para contrarrestar y amalgamar la lógica del miedo entre los trabajadores.

¡Salud y Libertad!

#MemoriaAnarquista
#SindicatoconHistoria