Ⓐ – Revuelta de Turín – Ⓐ

El 22 de agosto de 1917 en Turín ( Italia) durante una manifestación de protesta contra la guerra y la falta de víveres, la multitud, mayoritariamente mujeres y niños, expropia los almacenes y asalta el cuartel de la guardia ciudadana de Vanchiglia al grito de «Vogliamo pane! ¡Abajo la guerra!» (¡Queremos pan! ¡Abajo la guerra!). MAS



La policía interviene y dispara sobre los manifestantes, provocando muertos y heridos. Al día siguiente, se declara la huelga general en Turín, y la primera barricada se levanta después de que la policía ocupa la Cámara del Trabajo, y las armerías son asaltadas.

El 24 de agosto se proclama el estado de sitio, pero los enfrentamientos continuarán hasta el 26 de agosto. La iglesia de San Bernardino será atacada e incendiada por el gentío y la gran cantidad de víveres que se encontraban escondidos serán distribuidos a los necesitados; el antiguo convento de frailes sufrirá la misma suerte. Los anarquistas tuvieron una parte bastante activa en esta revuelta y especialmente Anselmo Acutis.

Estos acontecimientos, que pasarán a la historia bajo el nombre de «Fatti di Torino» («Hechos de Turín» o «Revuelta de Turín»), se caracterizaron por una feroz represión policial y militar («pacificación») que causará la ejecución de cientos de personas y el procesamiento de 822 revoltosos.

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CNT/AIT, Josep Peirats Valls.

El 20 de agosto de 1989 muere en Burriana, Plana Baja, Valencia. Josep Peirats Valls. Militante, periodista e historiador, figura importantísima del anarquismo y del anarcosindicalismo peninsular, Nacido el 15 de marzo de 1908 en la Vall d’Uixó, Valencia, hijo de cosedores de alpargatas.

Su familia emigró a Barcelona y desde pequeño frecuentó la Escuela Racionalista del Ateneo Libertario de Sans hasta su cierre por las autoridades, con ocho años se puso a trabajar, en una fábrica de clavos y tachuelas, en una fontanería, en fotografía, etc.

Obrero de la construcción, en 1922 se afilió a la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). De educación autodidacta, durante los años del pistolerismo y de la dictadura de Primo de Rivera, colaboró en varios periódicos y revistas, como La Revista Blanca o Tierra y Libertad.

Establecido en L’Hospitalet de Llobregat, formó parte de una comisión de ladrilleros en defensa de un compañero condenado a muerte durante la dictadura de Dámaso Berenguer.

Con la instauración de la II República española se convirtió secretario de la Federación Anarquista Ibérica (FAI) en Barcelona, militó en el grupo anarquista «Verdad” de Hospitalet, fue uno de los fundadores de las Juventudes Libertarias de Catalunya y participará activamente en los ateneos libertarios.

Entre 1934 y 1936 fue miembro del comité de redacción, y después director, de Solidaridad Obrera. Entre 1935 y 1936 fue redactor de Ética.

En julio de 1936 tomó parte de los combates en la calle y particularmente en la toma del cuartel de infantería del Bruc y se integró en el Comité Revolucionario del Hospital por la FAI. Más tarde participó en la autogestión de la ciudad.

En febrero de 1937 fue delegado por Catalunya en el Pleno Nacional de la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias (FIJL) en Valencia, donde se mostró bastante duro con el colaboracionismo. Ese mismo año realizo mítines por varias localidades catalanas: Lleida, Barcelona, Sallent, etc.
Redactor de Tierra y Libertad, después responsable del diario Acracia, se opuso encarnizadamente a la participación de la CNT-AIT en el gobierno defendiendo un anarquismo intransigente, lo que después de los “Hechos de Mayo” de 1937 le valdrá ser expulsado de Acracia.

Entonces marchó a los frentes de Aragón y de Catalunya enmarcado en la 26 División “Columna Durruti ya militarizada”, logrando varias graduaciones militares “sargento, jefe de Sección del Estado Mayor de la 119 Brigada y teniente”.

Asistió al Pleno Regional de Catalunya de la FAI en representación del grupo “Los Irreductibles” y al Congreso Juvenil de Valencia de 1938.

Después de la derrota, se refugió en Francia, donde fue internado en los campos de concentración de Vernet y de Cognac. En diciembre de 1939 embarcó a Sudamérica, donde pasó siete años en diferentes países: Santo Domingo, Ecuador de 1941 a 1942), Panamá de 1942 a 1945.

En 1947 volvió a Francia, donde fue elegido secretario general del Movimiento Libertario en el Exilio (CNT/AIT-MLE) y desplegó una intensa actividad militante, efectuando numerosos viajes clandestinos a la España franquista.

Reelegido secretario en 1950, afianzó la publicación del periódico CNT/AIT en el exilio, pero será por dos veces encarcelado por las autoridades francesas. En 1965, a raíz del Congreso de Montpellier, la ruptura entre los activistas como él y la dirección “Montseny-Esgleas” es manifesta.

Entonces entró en el Frente Libertario, el órgano de la disidencia anarcosindicalista española de 1970 a 1977. En 1971 se instaló en Béziers con su compañera Gracia Ventura Fortea “Gracieta”. Escribió numerosos artículos en casi toda la prensa libertaria, (utilizando varios seudónimos: Jazmín, Fraternal Lux, Geronés, Sertorio, etc.), tales como Acción, Acracia, Asturias, Bicicleta, El Boletín del Ladrillero, Castilla Libre, cenit, CNT/AIT, Le Combat Syndicaliste, Comunidad Ibérica, Crisol, Cultura Libertaria, Cultura y Porvenir, Cultura Proletaria, Ética, Evolución, FAI, Faro, Fragua Social, Frente Libertario, Frente y Retaguardia, Historia Libertaria, Inquietudes, El Luchador, Más Lejos, Mujeres Libertarias, El Mundo del Día, Nahia, Nosotros, Nueva Senda, Polémica, Premsa Libre, La Protesta, El Quijote, Reconstruir, La Revista Blanca, Ruta, El Sembrador, Senstatano, Sindicalismo, Solidaridad, Solidaridad Obrera, Terra Lliure, Tierra y Libertad, Tribuna Confederal y Libertaria, Umanità Nuova, Umbral, Universo, Volontà, De Vrije, etc.

És autor de obras de análisis y de historia que se han convertido de referencia, tales como Glosas anárquicas 1932, reviviendo 1932, Para una nueva concepción del arte: lo que podría ser un cine social 1934, Voces juveniles. Interpretación ácrata de Nuestra revolución 1937, con otros, Los intelectuales en la revolución 1938, QuInice conferencias breves 1940, Estampas del exilio en América 1950, La CNT/AIT en la Revolución española 1952 a 1953, 1971 y 1988; su obra fundamental, la undécima cruzada 1956, El diablo 1958, obra teatral, la Sión hispánica 1961, Breve historia del sindacalismo libertario español 1962, Los anarquistas en la crisis política española 1964 , La práctica federalista como verdadera afirmaciones de principios 1964, Informe de la delegación de Venezuela de las Tareas del congreso de CNT/AIT de España en el exilio a que Pudo asistir 1965, Polémica sobre el determinismo y voluntarismo 1966, con Benjamín Cano Ruiz, Examen crítico-constructiva del movimiento libertario español 1967, El anarcosindicalismo en España 1970, con otros, Comunistas y anarquistas frente a frente 1972, Para una monografía de escritores anarquistas españoles 1972, España, ¿transición o continuidad ? 1973, Anselmo Lorenzo. Prolegómenos de la CNT/AIT 1974, Los anarquistas en la guerra civil española 1976, Cipriano Mera, un anarquista en la guerra de España 1976, Diccionario del anarquismo 1977, Figuras del movimiento libertario español 1977, Perspectivas 1977, Emma Goldman, anarquista de ambos mundos 1978, Figuras del movimiento libertario español 1978, Mecanismo orgánico de la CNT/AIT 1979, Emma Goldman. Una mujer en la tormenta del siglo 1983, Les anarchistes espagnols. Révolution de 1936 et Luttes de toujours 1989, Historia contemporánea del movimiento libertario 1989, Una experiencia histórica del movimiento libertario. Memorias y selección de artículos breves 1990, Anarquismo 1991, Breve historia de la CNT/AIT 1991, con otros, La Semana Trágica y otros relatos 1991, Apuntes sobre Antonio Lamolla y otros andares. Recuerdo 1992, con otros, etc.

Con la muerte del dictador volvió a Catalunya, estableciéndose en la Vall d’Uixó, y realizó numerosos mítines a partir de la legalización de la CNT/AIT.

Doce años después de morir, en 2001, el archivo de José Peirats fue depositado en el International Institute of Social History (IISH) de Amsterdam.

Dejó numerosas obras inéditas. 2009 salió publicado un resumen de sus memorias bajo el título De mi paso por la vida.

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CNT/AIT. CRÍMENES DEL FRANQUISMO

En la madrugada del 17 de agosto de 1963, Los anarquistas Francisco Granado Gata y Joaquín Delgado Martínez, fueron asesinados a GARROTE VIL en la cárcel de Carabanchel, acusados de terrorismo cuando eran INOCENTES

Granado era jornalero, forjador, activista antifranquista colaborador de las Juventudes Libertarias.

Y Delgado era ebanista fresador, secretario de la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias en Grenoble.

Ambos fueron detenidos el 31 de julio de 1963, acusados de colocar dos bombas, dos días antes, en la Sección de Pasaportes de la DGS de Madrid, que provocó heridas a una treintena de personas, y en la Delegación Nacional de Sindicatos causando solo daños materiales.

Inicialmente negaron ser los autores de los atentados. Fueron interrogados por el sanguinario policía Saturnino Yagüe González y el inspector Enrique González Herrera, de la Brigada Político Social. Carlos Arias Navarro, entonces Director General de Seguridad, entró a abofetear a uno de los detenidos.

Al sexto día de salvajes torturas los detenidos se confesaron culpables.

Días después un tribunal militar franquista les procesó en consejo de guerra; aunque negaron su culpabilidad les condenaron a muerte.

Tras unos años aletargado, el movimiento libertario experimentaba un impulso que suponía un desafío que el régimen no podía tolerar. Y ahí sacó sus terribles garras”, recuerda Tomás Ibañez, líder histórico de la CNT/AIT. El Consejo Ibérico de Liberación, uno de los nombres que utilizaba el grupo anarquista Defensa Interior (creado por CNT/AIT, FIJL y FAI), reconoció la autoría de los ataques, pero aseguró que los autores habían sido otras personas.

La lucha de Delgado y Granado fue el ejercicio “del derecho a la resistencia contra un tirano, porque eliminar a un tirano era la razón de ser del movimiento libertario”. La misma organización haría público posteriormente que Granado estaba en Madrid para transportar una maleta con explosivos para un posterior ataque contra el dictador Francisco Franco. Delgado, por su parte, había sido enviado desde París para informar a Granado de que la operación debía ser suspendida.

La verdad se conocería más de 30 años después. El documental Un crimen legal, de Lala Gomà y Xavier Muntanyà, emitido en 1996 en el canal francés Arte daría a conocer los nombres de los verdaderos atacantes: Sergio Hernández y Antonio Martín.

Así lo reconocían ellos ante las cámaras: “Sergio se marchó para la frontera y yo me quedé en Madrid.

Tuve la sorpresa verdaderamente profunda de que habían arrestado a dos compañeros y que les habían inculpado por un hecho que no habían hecho. Fuimos nosotros los que lo hicimos. Habíamos ido a hacer ruido y estando allí los habían acusado… No los conocíamos. Y no sólo los acusaban.. sino que querían matarlos… Para mi fue algo que…. No puedo contar…”

Octavio Alberola, que había sido el coordinador de Defensa Interior durante aquel ataque, declaró públicamente en televisión, que los jóvenes anarquistas Granado y Delgado no eran los autores de los atentados de 1963.

La misión que había encomendado a Granado era que “recogiera una maleta con explosivos y se la entregara a otro compañero que realizaría el atentado. Esa era la razón por la que estaba en Madrid desde mayo del 63”

La Justicia del régimen del 78 rechazó la revisión del juicio y la anulación de la sentencia. Lala Gomà, directora del documental «Un crimen legal» , recordó que “Fraga no quiso responder nuestras preguntas, rechazó intervenir.

Tuvimos acceso al sumario y ahí estaba todo. Podíamos documentar de una manera rigurosa lo que había pasado y demostrar que eran inocentes”.

Fraga estuvo en el Consejo de Ministros que firmó el ‘enterado’ de la pena de muerte sin mayor problema.

El 17 de agosto de 1963 Granado y Delgado fueron ejecutados mediante garrote vil en la prisión de Carabanchel (Madrid). Tenían 28 y 29 años. Los dos cadáveres fueron enterrados en secreto inmediatamente, sin dar cuenta a las familias, en una fosa de caridad del cementerio de Carabanchel.

Actualmente los nombres de Granado y Delgado siguen marginados de los libros de historia que, por contra, han calificado a Fraga “padre de la democracia” y una sala del Congreso del régimen del 78 le ha rendido homenaje.

LA HUELGONA: Las mujeres que pararon dos meses a Franco, AL FASCISMO SE LE COMBATE NO SE LE DISCUTE


En 1962, una huelga minera que se inició por un conflicto laboral en Asturias terminó convirtiéndose en el mayor desafío político al que tuvo que enfrentarse el franquismo desde la finalización de la Guerra Civil: 300.000 trabajadores de todo el Estado español terminaron sumándose a un paro

En 1962, una huelga minera que se inició por un conflicto laboral en Asturias terminó convirtiéndose en el mayor desafío político al que tuvo que enfrentarse el franquismo desde la finalización de la Guerra Civil: 300.000 trabajadores de todo el Estado español terminaron sumándose a un paro que se extendió durante dos meses. Fueron las mujeres de las Cuencas Mineras las que garantizaron las condiciones que lo hicieron posible.

A lo largo de la historia, ha habido –y hay– quienes saben que sí o sí aparecerán en los libros; quienes intuyen que sus aportaciones, para bien o para mal, podrán merecer la atención de los que la escriben; y quienes ni por asomo lo han contemplado. A este último sector pertenece la mayoría de la población y, en especial, de las mujeres, pero es ahí donde se ha hecho historia con mayúsculas, aquella que ha perpetuado la vida frente a la destrucción, que ha sembrado justicia frente a los privilegios y que se ha constituido en resistencia frente a quienes sostenían que conformarse era el mandato divino o legal.

En 1962, cuando el régimen franquista presumía de un supuesto milagro económico como estrategia para legitimarse y lavar su imagen internacionalmente, un grupo de mujeres y hombres pobres de un aislado valle asturiano conseguían lo impensable hasta el momento: abrir la brecha de la oposición política a partir de lo que empezó siendo, ni más ni menos, que una protesta laboral.

La esquiva primavera asturiana seguía haciéndose de rogar en la Cuencas Mineras en aquellos días de abril de 1962 en los que miles de hombres tenían aún que recorrer hasta dos horas a pie para llegar, aún de noche, a los pozos en los que iban dejándose los pulmones y la vida, para salir por un mísero sueldo, también de noche, a unas condiciones de vida que no diferían mucho de las que habían vivido sus antepasados un siglo atrás.

Con una diferencia abismal: las Cuencas habían sufrido la Guerra Civil y la posguerra con una virulencia especial, aquella que los golpistas consideraban que merecía una zona destacadamente roja y a la que tanto les había costado aplacar –que ya se había convertido en un símbolo de los movimientos obreros con su Revolución de 1934– y que durante años albergó en sus montañas a guerrilleros que se negaban a dar por vencida a la democracia.

Guerrilleros que no habrían podido subsistir sin el apoyo de la población civil que les protegía, nutría y esperaba, mayoritariamente conformada por mujeres. Una de ellas era Anita Sirgo, hija del guerrillero Avelino Sirgo, y enlace de la guerrilla desde los nueve años. Ser miembro de una familia republicana no sólo le costó no conocer a su padre –sólo lo vio una vez sin saber quién era– y no saber aún ni en qué cuneta está enterrado, sino que sus abuelos y su madre fueran encarcelados y su tío ejecutado. Por todo ello, es una de las firmantes de la causa contra los crímenes del franquismo que se investiga en Argentina.

Pero Anita Sirgo es también una de las cientos de mujeres que hicieron posible la emblemática huelga minera de 1962, que tuvo su origen en unas sanciones de suspensión de empleo y sueldo a siete mineros que se atrevieron a pedir una subida del jornal que cobraban en el Pozo Nicolasa, en Mieres. Esto, que había ocurrido infinidad de veces anteriormente, desató un extraordinario movimiento de solidaridad que empezó entre sus propios compañeros , que se negaron a trabajar al día siguiente iniciando así una huelga de dos meses que se fue extendiendo, primero por las minas asturianas y siderúrgicas -60.000 obreros sólo en esta región-, y posteriormente por 23 provincias españolas. Según distintas fuentes historiográficas, llegaron a participar hasta 300.000 personas de todo el Estado español. Y todo ello, sin convocantes ni consignas, sin apenas hablar -se conoce también como ‘la huelga del silencio’– para evitar filtraciones y represión, y echando mano de una cultura muy interiorizada de la solidaridad de clase que “cuenta con unos mecanismos de identificación de quiénes son los nuestros y quiénes el enemigo que suelen funcionar de una manera muy espontánea ya que no requieren una militancia explícita”, explica Rubén Vega, historiador y autor del libro Las huelgas de 1962.

Tal fue la repercusión nacional e internacional –se celebraron actos de solidaridad en otros países europeos, y medios como The New York Times o Le Monde se hicieron eco de la rebelión–, que la huelga consiguió algo extraordinario, como lo define Vega: “Algo que no había ocurrido antes y que no volvió a ocurrir: que un ministro de Franco viniese no sólo a negociar con los huelguistas, sino que además cediese. Es peculiar, además, porque las minas eran privadas aún y el que negocia es un ministro, no la patronal ni los empresarios. Y porque las cesiones se decidieron en un Consejo de Ministros presidido por el dictador y se publicaron en el Boletín Oficial del Estado. Se conceden 75 pesetas por cada tonelada producida de carbón destinadas a la subida de los salarios”.

Como subraya Vega, en aquel momento los mineros llevaban ya más de un mes en huelga, un delito equiparable a la rebelión militar según la legislación vigente, lo que convirtió inmediatamente a la huelga en un desafío político y, sin embargo, el régimen negoció con quienes, bajo sus normas, eran delincuentes.

La última vez que los mineros habían visto incrementarse sus sueldos había sido en 1956, pero en 1962 el precio de alimentos básicos como el pan o las patatas se había encarecido entre un 50 y un 200 por ciento. “La huelga fue posible por una combinación de factores. Había descontento porque el régimen presumía de que la economía empezaba a tirar, pero la gente no veía mejorar su situación. La minería es un sector muy especial porque había una tradición muy fuerte de solidaridad que hizo que el conflicto estallase. Pero también por un relevo generacional. La mayoría de los detenidos y deportados por la huelga tenían una media de edad muy joven, gente que no había vivido la guerra y que, por tanto, tenían menos miedo”, resume Vega. De hecho, pese a que había actividades clandestinas de organizaciones como el Partido Comunista y de cristianos de base, no pudieron ver venir la huelga “y ni en sus mejores sueños hubiesen podido imaginar lo que iba a ocurrir”, añade. Aunque sí la apoyarían una vez desatada.

Hasta aquí el resumen del relato habitual de uno de los capítulos más heroicos del antifranquismo, con el que Asturias se labró parte de su merecida reputación obrera y rebelde. Pero, ¿quiénes aseguraron en gran medida las condiciones necesarias para mantener una huelga de dos meses?

“Yo he conocido a mujeres que han trabajado en todos los ámbitos de la mina”, explica Montserrat Garnacho Escayo, antropóloga de género natural de Mieres, y autora de numerosos libros y artículos sobre las mujeres en las minas asturianas. “Conocí a una mujer que fue picadora durante ocho años porque su marido no podía seguir por la silicosis. Como la paga que le correspondía no le daba para vivir a ellos y a sus hijos, le pidió al jefe que le dejara desempeñar su puesto. Rompió aguas picando, porque tuvo dos hijos más siendo minera. Pero, claro, la paga la cobraba a nombre del marido, porque en aquel momento era ilegal que las mujeres fueran mineras. Las mujeres están ocultas de la foto, pero estaban ahí”.

Las mujeres han trabajado en las minas -dentro y fuera- desde sus inicios, como los niños y las niñas, por ser un trabajo precario y denostado. También en Asturias, donde encontramos cómo fueron empleadas desde el siglo XIX también como picadoras cuando había aumentos de la demanda, como en la paralización de la siderurgia vasca por la Tercera Guerra Carlista o durante la I Guerra Mundial. Siempre cobrando la mitad que los hombres, 1,05 pesetas a finales del siglo XIX según un estudio de Fernando García Arenal, citado por Garnacho, y menos que los menores, que recibían entre 1,25 y 1,5 pesetas. Según esta estudiosa, en esta época se estima que unas 600 mujeres trabajaban en las minas asturianas de hulla.

Eso sí, cuando escaseaba la demanda, las mujeres volvían a ser relegadas a las labores que tradicionalmente desempeñaban como carboneras: cargar los vagones con el carbón extraído de los pozos, lavarlo –a menudo, con sus bebés al lado tragando el mismo polvo que también a ellas les provocaba silicosis, aunque no se le reconociese como enfermedad laboral–; e, incluso, recuperando el carbón que terminaba en las riberas de los ríos, cargándolo en cestos chorreantes de agua sobre sus cabezas durante kilómetros, para venderlo o tener así algo con lo que alimentar sus propias cocina de carbón. Eso sí, estos trabajos sólo eran aceptados socialmente si los desarrollaban antes de casarse. Si no, era cosa de las viudas de los ‘rojos’, de las madres solteras o que tenían a sus esposos en los campos de concentración, o “mujeres de mineros muertos en accidente a quienes se les ofrecía el medio jornal a cambio de la paga de viudedad, más miserable aún”, escribe Garnacho.

Pese a que sus condiciones eran mucho peores incluso que las de los mineros, no aparecen en el relato heroico de las condiciones que provocaron las huelgas de 1962, como tampoco lo hicieron sus vecinas y esposas, hijas y madres de los mineros que pagaron con cárcel, torturas y hambre la osadía de organizarse para que éstos cobraran algo más que una miseria.

Hombres que, por aquel tiempo, no tenían derecho siquiera a “una muda de ropa –porque llegaban por la noche con el uniforme empapado por el agua que caía en los túneles y no nos daba tiempo a secarlos, así lo pusiéramos en cuanto llegaban encima de la cocina de carbón–; o ducharse en un sitio cerrado y con agua caliente”, nos dice Anita Sirgo, que ya trabajaba en la clandestinidad para el Partido Comunista cuando se desató la huelga del 62. Su marido, Alfonso Braña, también implicado en la lucha antifranquista comunista, había sido despedido de la mina anteriormente, donde había trabajado como picador y vigilante, pero tanto ellos como sus hijas seguían viviendo en el edificio que se había construido en Lada (Langreo) para alquilárselo a los trabajadores de la mina. Desde allí, junto a otras mujeres como Constantina Pérez (Tina) y Celestina Marrón, gestaron y coordinaron la resistencia que haría posible una huelga de dos meses para unas familias que ya malvivían cuando tenían un salario y que “se convirtió en el primer gran desafío para el franquismo en términos de movilización obrera que, además, consiguió conectar este movimiento de trabajadores con el estudiantil, el intelectual –un centenar de ellos firmaron una carta de protesta dirigida al régimen- y el de mujeres -más de 200 se manifestaron en solidaridad con la huelga en la madrileña Puerta del Sol–”, analiza Vega.

“Como no podíamos juntarnos más de siete mujeres porque no había derecho a la reunión, y ya estábamos fichadas, pues nos encontrábamos de a poquitas. Poníamos una cafetera y unas tazas en la mesa por si venía la Guardia Civil a ver qué estábamos haciendo, y nos poníamos de acuerdo sin poder tomar notas ni nada, todo era de memoria”, rememora Anita en la misma cocina en la que organizó gran parte del reparto de la propaganda, así como muchos de los piquetes que garantizaron el mantenimiento de la huelga. “Antes no había móvil, tenía que ser todo caminando y con la lengüina. Había veces que salíamos a hablar con las otras mujeres por la mañana y no volvíamos hasta por la noche”, explica esta mujer que a sus ochenta y ocho años no aparenta más de setenta, y que transmite tanta energía como calidez.

“La participación de las mujeres en la huelga fue decisiva desde el inicio, por ejemplo, con el reparto de propaganda que permitió que se extendiera por las Cuencas”, explica Vega. Fue así como las mujeres consiguieron romper con el cerco informativo de la censura franquista y con el aislamiento que sufrían las Cuencas, desde donde las noticias llegaban con días de retraso a ciudades como Gijón u Oviedo.

Para ello, las mujeres escondían bajo sus ropas las cuartillas, a sabiendas de que un delito así se pagaba con prisión. Y para asegurarse de que las mujeres que habían dado su palabra de que participarían en los piquetes no se echaban atrás, Sirgo y sus compañeras se levantaban a las cinco de la mañana para ir a buscar una a una a sus compañeras. Sabían, porque arrastraban el mismo dolor, que no debían temer sólo a los palos con los que la Guardia Civil las intentaba dispersar, ni a las represalias contra sus maridos, sino que eran perfectamente conscientes de que el franquismo no perdonaba la disidencia porque ellas mismas habían crecido rodeadas de familiares asesinados en las cunetas, encarcelados en campos de concentración o asediadas por el hostigamiento con el que en las Cuencas se perseguía a las ‘rojas’. “De aquella sabías que salías de casa, pero no si volvías. Recuerdo que el primer día de huelga que fuimos a buscarlas, estaban todas levantadas y no falló ninguna”.

Armadas con palos y maíz, cortaban los accesos a los pozos y regaban los caminos con los granos. El mensaje era claro, estaban llamando ‘gallinas’ a los que intentaban volver al tajo, sabiendo que pocas cosas peores se les podía llamar a un paisano asturiano. Una sencilla medida que realmente contrariaba a los llamados ‘esquiroles’. Y cuando los guardias civiles intentaban detener a alguna, se entrelazaban con sus brazos al grito de “o todes o nenguna” (“o todas o ninguna”). Los porrazos llovían y los brazos se fundían.

“Había esquiroles que querían entrar al pozu porque ya no se aguantaba más, porque claro, se pasó mucha hambre y eso que teníamos una muy buena solidaridad con las tiendas, que nos daban fiado”, apostilla Sirgo mientras mira a su alrededor y recuerda cómo las mujeres de edificios tan austeros como éste –cuyas dos plantas parecen achatarse aún más bajo el peso de un niebla materializada en orbayu– se organizaban para recaudar dinero y comida de los comercios y de los chigres (sidrerías) –”todos daban”– que ponían en común para todo el vecindario. Pero también, para enviarlo a los más de 120 huelguistas que fueron deportados a regiones españolas aún más míseras y en las que no tenían a nadie, a las familias de los 198 que fueron despedidos y a las prisiones en las que se amontonaron hasta 356 huelguistas encarcelados.

Hay que recordar que hasta los años 50, en Asturias había más de medio millar de presos republicanos trabajando forzosamente en las minas, donde se instalaron algunas de las Colonias Penitenciarias Militarizadas que el régimen repartió por todo el país para explotar a unos 400.000 presos políticos, según José Luis Gutiérrez Molina, director científico del banco de datos Todos los nombres. Por cada dos días trabajados les restaban, supuestamente, uno de condena. Y como todo pago recibían un jornal de 50 céntimos, cuando la media por el mismo trabajo estaba entre 7 y 9 pesetas, según el exminero y líder sindical Antón Saavedra. Muchos mineros asturianos apresados durante la guerra y la posguerra, terminaron siendo explotados en yacimientos de otras regiones. Por tanto, la prisión no era un escenario ajeno a la minería.

“Era una solidaridad que no veo por ninguna parte hoy, cuando hay tantas o más razones que entonces. Una de las mujeres que venía a los piquetes, con un palo que quitó a una banqueta, tenía más de 70 años. Tenía a sus dos fíos (hijos) en la mina. No logro entender lo que pasa hoy”, dice Sirgo, ahora volcada en las manifestaciones por las pensiones, sin perder la sonrisa, “porque si no mantenemos el ánimo, vidina del alma mía, esto no hay quien lo soporte, porque sufrimos mucho, mucho, mucho”.

Tanto como que un año después, en 1963, llega destinado un nuevo capitán de la Guardia Civil a las Cuencas Mineras, Antonio Cairo Leiva, para poner orden ante la sucesión de nuevas huelgas. “Supongo que en su cabeza esta zona es un foco de rojos, de enemigos a conquistar. Decide hacer méritos y encontrar al más buscado, Horacio Fernández Iguanzo”. Iguanzo, conocido como El Paisano, fue un destacado dirigente comunista que pasó más de una vez por casa de Sirgo y su marido, Braña.

El capitán Leiva manda buscar al matrimonio, como a tantos otros destacados participantes en las huelgas, para que vayan a comisaría. Primero va Braña, después Sirgo con su amiga Tina Pérez. Cuando las encierran en el calabozo, Sirgo sospecha que su marido está en la celda de al lado y golpea la pared con sus tacones, que no se quitaba desde que consiguió tener un primer par el día de su boda. Al otro lado, Braña responde con los mismos golpes. A partir de ahí los gritos, llantos y puñetazos se suceden. Los mismos que poco después recibirían Anita y Tina para que den nombres, localizaciones, implicaciones políticas. No abren la boca. Leiva sigue golpeando. Otros torturadores bien conocidos en las Cuencas, como el cabo Pérez, también. Ante su silencio, Leiva ordena que las rapen. Ocho días después de su detención, les exige que para ser puestas en libertad, cubran su cabeza con un pañuelo. Ellas se niegan. Salen con la cabeza bien alta, para que todo el mundo las vea. Anita ha perdido la audición de uno de sus oídos. Tina saldrá tan debilitada, que muere dos años después como resultado de las enfermedades que se le sucederán a partir de ahora. Es 1965 y Anita Sirgo no podrá ir a su entierro porque está en París, exiliada después de que le tirará uno de sus tacones a un Guardia Civil que la perseguía tras una protesta. El Partido Comunista la ha sacado de España esa misma noche para evitarle la prisión. Allí, en casa de unos camaradas franceses, aprende a leer y escribir “lo poco que sé, pero, por lo menos, a mí ya no me engaña nadie”. Tras dos años de exilio, pide volver bajo su responsabilidad. “Allí estaba presa, lejos de mis fías y el mi home. En la cárcel, por lo menos, van menguando los días de pena”.

A su vuelta, en 1966, la condenaron a tres meses de prisión y 100.000 pesetas de multa. Se negó a pagarlas “porque no las tenía, porque no iba a consentir que nadie las pagara y porque no quería que se riesen de nosotros”. Tuvo que cumplir un mes más, antes de volver a su casa y seguir protagonizando algunos de las protestas más significativas del antifranquismo en Asturias. Pero esas son ya otras historias, también invisibilizadas hasta recientemente por los libros de historia y por los discursos de la izquierda porque “hubo dos partes en esta lucha, la de arriba, la de los hombres, y la otra pequeñina, la de las mujeres, la diaria. El de los mineros es un relato épico y una foto de una mujer con una cestina en la cabeza estropea esa épica porque eso es la lírica“, sintetiza Montserrat Garnacho. Una lírica que, en muchos casos, se convertía en sus hogares en vidas atormentadas por la violencia machista.

En este sentido, el historiador Rubén Vega, que lleva años investigando desde el paradigma de la historia social, –“el de la de la inmensa mayoría, la gente común que no tiene estatuas ni recibe homenajes”–, entiende que “la agenda de los historiadores no la cambió una reflexión intelectual que nos llevase a tomar conciencia de nuestras carencias, sino el movimiento feminista que empieza a hacer historia con perspectiva de género y que nos plantea el desafío de ver cómo nosotros la estábamos haciendo tapándonos un ojo, viendo sólo la mitad”.

Un acercamiento al estudio de la historia – “que no es pasado, pasado es el tema que trata, pero la historia es siempre presente porque es la mirada desde la que nos dirigimos al pasado”, sostiene– que cambiaría no sólo los relatos oficiales, sino la esencia misma de los valores predominantes de nuestras sociedades.

“HUBO DOS PARTES EN ESTA LUCHA, LA DE ARRIBA, LA DE LOS HOMBRES, Y LA OTRA PEQUEÑINA, LA DE LAS MUJERES, LA DIARIA”

“Hay una cosa que hacen las mujeres en el 62 que no se había hecho en las huelgas anteriores, que son los piquetes. Las mujeres se atreven a hacer algo que los hombres no son capaces de hacer, y con ello juegan con algo que me parece fascinante:se hacen fuertes precisamente en su rol de género tradicional como esposas, madres y amas de casa para transgredirlo. Y esto a los represores, a la policía, a la Guardia Civil, les crea una contradicción: no pueden entrar a saco a reprimir a las mujeres como lo harían con los hombres. De hecho, las torturas a Anita Sirgo y a Tina Pérez y su rapado es más escandaloso porque son mujeres, porque a los hombres los torturaban diariamente, y porque el rapado era cosa de otra época. Ellas son capaces de aprovechar ese rol de género para subvertirlo porque no se espera que las mujeres hagan piquetes, que desafíen a los mineros, que extiendan la huelga o que se enfrenten a la policía. Y lo hacen en la esfera pública, desafiando al poder y las leyes, y desde la militancia política”, analiza Vega. “Y no es que previamente fuesen feministas y entonces hagan estas cosas, sino que, quizás, el hacer estas cosas les haga adquirir cierta conciencia feminista”, añade.

“No podíamos consentir que los hombres volvieran a trabajar con las orejinas bajas y sin conseguir nada”, resume Sirgo. Y no lo consintieron. Así tuvieran que pagarlo con torturas, cárcel y hambre. Así se lo pagaran, durante décadas, con silencio en los homenajes y con el blanco de los márgenes de los libros de Historia. Autora: PATRICIA SIMÓN

Nuestra bandera como Anarquistas

El 18 de marzo de 1882 , durante una reunión en la Salle Favié de París, Louise Michel , deseando desvincularse de los socialistas autoritarios y parlamentarios, se declaró inequívocamente a favor de la adopción de la «Bandera Negra» por parte de los anarquistas

El 18 de marzo de 1882 , durante una reunión en la Salle Favié de París, Louise Michel , deseando desvincularse de los socialistas autoritarios y parlamentarios, se declaró inequívocamente a favor de la adopción de la «Bandera Negra» por parte de los anarquistas.

«No más banderas rojaz, mojadas con la sangre de nuestros soldados.

Enarbolaré la bandera negra, de luto por nuestros muertos y nuestras ilusiones».

Un año más tarde, el 9 de marzo de 1883 , blandió una vieja enagua negra atada a un palo de escoba, durante la manifestación de los «parados» en Los Inválidos en la que fue ldetenida.

El 12 de agosto de 1883 se publicó en Lyon un periódico con el título » Le Drapeau noir «.

#MemoriaAnarquista

Crimen de lesa humanidad. Un día como hoy, el 9 de agosto de 1945 cae la segunda bomba atómica en Nagasaki.

Un día como hoy, el 9 de agosto de 1945 cae la segunda bomba atómica en Nagasaki.

El 9 de agosto de 1945 a las 11:02 am. es lanzada la segunda bomba atómica en la ciudad de Nagasaki, Japón. Fue la segunda bomba en toda la historia de la tierra y esta definiría el curso de la Segunda Guerra Mundial, pues Estados Unidos tenía un arma tan poderosa que Japón desconocía.

Un día como hoy, el 9 de agosto de 1945 cae la segunda bomba atómica en Nagasaki.

El 9 de agosto de 1945 a las 11:02 am. es lanzada la segunda bomba atómica en la ciudad de Nagasaki, Japón. Fue la segunda bomba en toda la historia de la tierra y esta definiría el curso de la Segunda Guerra Mundial, pues Estados Unidos tenía un arma tan poderosa que Japón desconocía.
Tan solo unos días despues de lanzada esta segunda bomba Japón se rinde en la guerra.
Nagasaki era una ciudad con un puerto importante donde se producian barcos y artillería militar. Esta segunda bomba lanzada a Nagasaki estaba producida con Plutonio, la de Hiroshima era de Uranio.
Durante la detonación en Nagasaki la temperatura se elevó a un nivel aproximado de 3,900 grados celsius y vientos de 1,005 kilometros por hora. Se calculan 35,000 muertos en el instante de la detonación.