LA HUELGONA: Las mujeres que pararon dos meses a Franco, AL FASCISMO SE LE COMBATE NO SE LE DISCUTE


En 1962, una huelga minera que se inició por un conflicto laboral en Asturias terminó convirtiéndose en el mayor desafío político al que tuvo que enfrentarse el franquismo desde la finalización de la Guerra Civil: 300.000 trabajadores de todo el Estado español terminaron sumándose a un paro

En 1962, una huelga minera que se inició por un conflicto laboral en Asturias terminó convirtiéndose en el mayor desafío político al que tuvo que enfrentarse el franquismo desde la finalización de la Guerra Civil: 300.000 trabajadores de todo el Estado español terminaron sumándose a un paro que se extendió durante dos meses. Fueron las mujeres de las Cuencas Mineras las que garantizaron las condiciones que lo hicieron posible.

A lo largo de la historia, ha habido –y hay– quienes saben que sí o sí aparecerán en los libros; quienes intuyen que sus aportaciones, para bien o para mal, podrán merecer la atención de los que la escriben; y quienes ni por asomo lo han contemplado. A este último sector pertenece la mayoría de la población y, en especial, de las mujeres, pero es ahí donde se ha hecho historia con mayúsculas, aquella que ha perpetuado la vida frente a la destrucción, que ha sembrado justicia frente a los privilegios y que se ha constituido en resistencia frente a quienes sostenían que conformarse era el mandato divino o legal.

En 1962, cuando el régimen franquista presumía de un supuesto milagro económico como estrategia para legitimarse y lavar su imagen internacionalmente, un grupo de mujeres y hombres pobres de un aislado valle asturiano conseguían lo impensable hasta el momento: abrir la brecha de la oposición política a partir de lo que empezó siendo, ni más ni menos, que una protesta laboral.

La esquiva primavera asturiana seguía haciéndose de rogar en la Cuencas Mineras en aquellos días de abril de 1962 en los que miles de hombres tenían aún que recorrer hasta dos horas a pie para llegar, aún de noche, a los pozos en los que iban dejándose los pulmones y la vida, para salir por un mísero sueldo, también de noche, a unas condiciones de vida que no diferían mucho de las que habían vivido sus antepasados un siglo atrás.

Con una diferencia abismal: las Cuencas habían sufrido la Guerra Civil y la posguerra con una virulencia especial, aquella que los golpistas consideraban que merecía una zona destacadamente roja y a la que tanto les había costado aplacar –que ya se había convertido en un símbolo de los movimientos obreros con su Revolución de 1934– y que durante años albergó en sus montañas a guerrilleros que se negaban a dar por vencida a la democracia.

Guerrilleros que no habrían podido subsistir sin el apoyo de la población civil que les protegía, nutría y esperaba, mayoritariamente conformada por mujeres. Una de ellas era Anita Sirgo, hija del guerrillero Avelino Sirgo, y enlace de la guerrilla desde los nueve años. Ser miembro de una familia republicana no sólo le costó no conocer a su padre –sólo lo vio una vez sin saber quién era– y no saber aún ni en qué cuneta está enterrado, sino que sus abuelos y su madre fueran encarcelados y su tío ejecutado. Por todo ello, es una de las firmantes de la causa contra los crímenes del franquismo que se investiga en Argentina.

Pero Anita Sirgo es también una de las cientos de mujeres que hicieron posible la emblemática huelga minera de 1962, que tuvo su origen en unas sanciones de suspensión de empleo y sueldo a siete mineros que se atrevieron a pedir una subida del jornal que cobraban en el Pozo Nicolasa, en Mieres. Esto, que había ocurrido infinidad de veces anteriormente, desató un extraordinario movimiento de solidaridad que empezó entre sus propios compañeros , que se negaron a trabajar al día siguiente iniciando así una huelga de dos meses que se fue extendiendo, primero por las minas asturianas y siderúrgicas -60.000 obreros sólo en esta región-, y posteriormente por 23 provincias españolas. Según distintas fuentes historiográficas, llegaron a participar hasta 300.000 personas de todo el Estado español. Y todo ello, sin convocantes ni consignas, sin apenas hablar -se conoce también como ‘la huelga del silencio’– para evitar filtraciones y represión, y echando mano de una cultura muy interiorizada de la solidaridad de clase que “cuenta con unos mecanismos de identificación de quiénes son los nuestros y quiénes el enemigo que suelen funcionar de una manera muy espontánea ya que no requieren una militancia explícita”, explica Rubén Vega, historiador y autor del libro Las huelgas de 1962.

Tal fue la repercusión nacional e internacional –se celebraron actos de solidaridad en otros países europeos, y medios como The New York Times o Le Monde se hicieron eco de la rebelión–, que la huelga consiguió algo extraordinario, como lo define Vega: “Algo que no había ocurrido antes y que no volvió a ocurrir: que un ministro de Franco viniese no sólo a negociar con los huelguistas, sino que además cediese. Es peculiar, además, porque las minas eran privadas aún y el que negocia es un ministro, no la patronal ni los empresarios. Y porque las cesiones se decidieron en un Consejo de Ministros presidido por el dictador y se publicaron en el Boletín Oficial del Estado. Se conceden 75 pesetas por cada tonelada producida de carbón destinadas a la subida de los salarios”.

Como subraya Vega, en aquel momento los mineros llevaban ya más de un mes en huelga, un delito equiparable a la rebelión militar según la legislación vigente, lo que convirtió inmediatamente a la huelga en un desafío político y, sin embargo, el régimen negoció con quienes, bajo sus normas, eran delincuentes.

La última vez que los mineros habían visto incrementarse sus sueldos había sido en 1956, pero en 1962 el precio de alimentos básicos como el pan o las patatas se había encarecido entre un 50 y un 200 por ciento. “La huelga fue posible por una combinación de factores. Había descontento porque el régimen presumía de que la economía empezaba a tirar, pero la gente no veía mejorar su situación. La minería es un sector muy especial porque había una tradición muy fuerte de solidaridad que hizo que el conflicto estallase. Pero también por un relevo generacional. La mayoría de los detenidos y deportados por la huelga tenían una media de edad muy joven, gente que no había vivido la guerra y que, por tanto, tenían menos miedo”, resume Vega. De hecho, pese a que había actividades clandestinas de organizaciones como el Partido Comunista y de cristianos de base, no pudieron ver venir la huelga “y ni en sus mejores sueños hubiesen podido imaginar lo que iba a ocurrir”, añade. Aunque sí la apoyarían una vez desatada.

Hasta aquí el resumen del relato habitual de uno de los capítulos más heroicos del antifranquismo, con el que Asturias se labró parte de su merecida reputación obrera y rebelde. Pero, ¿quiénes aseguraron en gran medida las condiciones necesarias para mantener una huelga de dos meses?

“Yo he conocido a mujeres que han trabajado en todos los ámbitos de la mina”, explica Montserrat Garnacho Escayo, antropóloga de género natural de Mieres, y autora de numerosos libros y artículos sobre las mujeres en las minas asturianas. “Conocí a una mujer que fue picadora durante ocho años porque su marido no podía seguir por la silicosis. Como la paga que le correspondía no le daba para vivir a ellos y a sus hijos, le pidió al jefe que le dejara desempeñar su puesto. Rompió aguas picando, porque tuvo dos hijos más siendo minera. Pero, claro, la paga la cobraba a nombre del marido, porque en aquel momento era ilegal que las mujeres fueran mineras. Las mujeres están ocultas de la foto, pero estaban ahí”.

Las mujeres han trabajado en las minas -dentro y fuera- desde sus inicios, como los niños y las niñas, por ser un trabajo precario y denostado. También en Asturias, donde encontramos cómo fueron empleadas desde el siglo XIX también como picadoras cuando había aumentos de la demanda, como en la paralización de la siderurgia vasca por la Tercera Guerra Carlista o durante la I Guerra Mundial. Siempre cobrando la mitad que los hombres, 1,05 pesetas a finales del siglo XIX según un estudio de Fernando García Arenal, citado por Garnacho, y menos que los menores, que recibían entre 1,25 y 1,5 pesetas. Según esta estudiosa, en esta época se estima que unas 600 mujeres trabajaban en las minas asturianas de hulla.

Eso sí, cuando escaseaba la demanda, las mujeres volvían a ser relegadas a las labores que tradicionalmente desempeñaban como carboneras: cargar los vagones con el carbón extraído de los pozos, lavarlo –a menudo, con sus bebés al lado tragando el mismo polvo que también a ellas les provocaba silicosis, aunque no se le reconociese como enfermedad laboral–; e, incluso, recuperando el carbón que terminaba en las riberas de los ríos, cargándolo en cestos chorreantes de agua sobre sus cabezas durante kilómetros, para venderlo o tener así algo con lo que alimentar sus propias cocina de carbón. Eso sí, estos trabajos sólo eran aceptados socialmente si los desarrollaban antes de casarse. Si no, era cosa de las viudas de los ‘rojos’, de las madres solteras o que tenían a sus esposos en los campos de concentración, o “mujeres de mineros muertos en accidente a quienes se les ofrecía el medio jornal a cambio de la paga de viudedad, más miserable aún”, escribe Garnacho.

Pese a que sus condiciones eran mucho peores incluso que las de los mineros, no aparecen en el relato heroico de las condiciones que provocaron las huelgas de 1962, como tampoco lo hicieron sus vecinas y esposas, hijas y madres de los mineros que pagaron con cárcel, torturas y hambre la osadía de organizarse para que éstos cobraran algo más que una miseria.

Hombres que, por aquel tiempo, no tenían derecho siquiera a “una muda de ropa –porque llegaban por la noche con el uniforme empapado por el agua que caía en los túneles y no nos daba tiempo a secarlos, así lo pusiéramos en cuanto llegaban encima de la cocina de carbón–; o ducharse en un sitio cerrado y con agua caliente”, nos dice Anita Sirgo, que ya trabajaba en la clandestinidad para el Partido Comunista cuando se desató la huelga del 62. Su marido, Alfonso Braña, también implicado en la lucha antifranquista comunista, había sido despedido de la mina anteriormente, donde había trabajado como picador y vigilante, pero tanto ellos como sus hijas seguían viviendo en el edificio que se había construido en Lada (Langreo) para alquilárselo a los trabajadores de la mina. Desde allí, junto a otras mujeres como Constantina Pérez (Tina) y Celestina Marrón, gestaron y coordinaron la resistencia que haría posible una huelga de dos meses para unas familias que ya malvivían cuando tenían un salario y que “se convirtió en el primer gran desafío para el franquismo en términos de movilización obrera que, además, consiguió conectar este movimiento de trabajadores con el estudiantil, el intelectual –un centenar de ellos firmaron una carta de protesta dirigida al régimen- y el de mujeres -más de 200 se manifestaron en solidaridad con la huelga en la madrileña Puerta del Sol–”, analiza Vega.

“Como no podíamos juntarnos más de siete mujeres porque no había derecho a la reunión, y ya estábamos fichadas, pues nos encontrábamos de a poquitas. Poníamos una cafetera y unas tazas en la mesa por si venía la Guardia Civil a ver qué estábamos haciendo, y nos poníamos de acuerdo sin poder tomar notas ni nada, todo era de memoria”, rememora Anita en la misma cocina en la que organizó gran parte del reparto de la propaganda, así como muchos de los piquetes que garantizaron el mantenimiento de la huelga. “Antes no había móvil, tenía que ser todo caminando y con la lengüina. Había veces que salíamos a hablar con las otras mujeres por la mañana y no volvíamos hasta por la noche”, explica esta mujer que a sus ochenta y ocho años no aparenta más de setenta, y que transmite tanta energía como calidez.

“La participación de las mujeres en la huelga fue decisiva desde el inicio, por ejemplo, con el reparto de propaganda que permitió que se extendiera por las Cuencas”, explica Vega. Fue así como las mujeres consiguieron romper con el cerco informativo de la censura franquista y con el aislamiento que sufrían las Cuencas, desde donde las noticias llegaban con días de retraso a ciudades como Gijón u Oviedo.

Para ello, las mujeres escondían bajo sus ropas las cuartillas, a sabiendas de que un delito así se pagaba con prisión. Y para asegurarse de que las mujeres que habían dado su palabra de que participarían en los piquetes no se echaban atrás, Sirgo y sus compañeras se levantaban a las cinco de la mañana para ir a buscar una a una a sus compañeras. Sabían, porque arrastraban el mismo dolor, que no debían temer sólo a los palos con los que la Guardia Civil las intentaba dispersar, ni a las represalias contra sus maridos, sino que eran perfectamente conscientes de que el franquismo no perdonaba la disidencia porque ellas mismas habían crecido rodeadas de familiares asesinados en las cunetas, encarcelados en campos de concentración o asediadas por el hostigamiento con el que en las Cuencas se perseguía a las ‘rojas’. “De aquella sabías que salías de casa, pero no si volvías. Recuerdo que el primer día de huelga que fuimos a buscarlas, estaban todas levantadas y no falló ninguna”.

Armadas con palos y maíz, cortaban los accesos a los pozos y regaban los caminos con los granos. El mensaje era claro, estaban llamando ‘gallinas’ a los que intentaban volver al tajo, sabiendo que pocas cosas peores se les podía llamar a un paisano asturiano. Una sencilla medida que realmente contrariaba a los llamados ‘esquiroles’. Y cuando los guardias civiles intentaban detener a alguna, se entrelazaban con sus brazos al grito de “o todes o nenguna” (“o todas o ninguna”). Los porrazos llovían y los brazos se fundían.

“Había esquiroles que querían entrar al pozu porque ya no se aguantaba más, porque claro, se pasó mucha hambre y eso que teníamos una muy buena solidaridad con las tiendas, que nos daban fiado”, apostilla Sirgo mientras mira a su alrededor y recuerda cómo las mujeres de edificios tan austeros como éste –cuyas dos plantas parecen achatarse aún más bajo el peso de un niebla materializada en orbayu– se organizaban para recaudar dinero y comida de los comercios y de los chigres (sidrerías) –”todos daban”– que ponían en común para todo el vecindario. Pero también, para enviarlo a los más de 120 huelguistas que fueron deportados a regiones españolas aún más míseras y en las que no tenían a nadie, a las familias de los 198 que fueron despedidos y a las prisiones en las que se amontonaron hasta 356 huelguistas encarcelados.

Hay que recordar que hasta los años 50, en Asturias había más de medio millar de presos republicanos trabajando forzosamente en las minas, donde se instalaron algunas de las Colonias Penitenciarias Militarizadas que el régimen repartió por todo el país para explotar a unos 400.000 presos políticos, según José Luis Gutiérrez Molina, director científico del banco de datos Todos los nombres. Por cada dos días trabajados les restaban, supuestamente, uno de condena. Y como todo pago recibían un jornal de 50 céntimos, cuando la media por el mismo trabajo estaba entre 7 y 9 pesetas, según el exminero y líder sindical Antón Saavedra. Muchos mineros asturianos apresados durante la guerra y la posguerra, terminaron siendo explotados en yacimientos de otras regiones. Por tanto, la prisión no era un escenario ajeno a la minería.

“Era una solidaridad que no veo por ninguna parte hoy, cuando hay tantas o más razones que entonces. Una de las mujeres que venía a los piquetes, con un palo que quitó a una banqueta, tenía más de 70 años. Tenía a sus dos fíos (hijos) en la mina. No logro entender lo que pasa hoy”, dice Sirgo, ahora volcada en las manifestaciones por las pensiones, sin perder la sonrisa, “porque si no mantenemos el ánimo, vidina del alma mía, esto no hay quien lo soporte, porque sufrimos mucho, mucho, mucho”.

Tanto como que un año después, en 1963, llega destinado un nuevo capitán de la Guardia Civil a las Cuencas Mineras, Antonio Cairo Leiva, para poner orden ante la sucesión de nuevas huelgas. “Supongo que en su cabeza esta zona es un foco de rojos, de enemigos a conquistar. Decide hacer méritos y encontrar al más buscado, Horacio Fernández Iguanzo”. Iguanzo, conocido como El Paisano, fue un destacado dirigente comunista que pasó más de una vez por casa de Sirgo y su marido, Braña.

El capitán Leiva manda buscar al matrimonio, como a tantos otros destacados participantes en las huelgas, para que vayan a comisaría. Primero va Braña, después Sirgo con su amiga Tina Pérez. Cuando las encierran en el calabozo, Sirgo sospecha que su marido está en la celda de al lado y golpea la pared con sus tacones, que no se quitaba desde que consiguió tener un primer par el día de su boda. Al otro lado, Braña responde con los mismos golpes. A partir de ahí los gritos, llantos y puñetazos se suceden. Los mismos que poco después recibirían Anita y Tina para que den nombres, localizaciones, implicaciones políticas. No abren la boca. Leiva sigue golpeando. Otros torturadores bien conocidos en las Cuencas, como el cabo Pérez, también. Ante su silencio, Leiva ordena que las rapen. Ocho días después de su detención, les exige que para ser puestas en libertad, cubran su cabeza con un pañuelo. Ellas se niegan. Salen con la cabeza bien alta, para que todo el mundo las vea. Anita ha perdido la audición de uno de sus oídos. Tina saldrá tan debilitada, que muere dos años después como resultado de las enfermedades que se le sucederán a partir de ahora. Es 1965 y Anita Sirgo no podrá ir a su entierro porque está en París, exiliada después de que le tirará uno de sus tacones a un Guardia Civil que la perseguía tras una protesta. El Partido Comunista la ha sacado de España esa misma noche para evitarle la prisión. Allí, en casa de unos camaradas franceses, aprende a leer y escribir “lo poco que sé, pero, por lo menos, a mí ya no me engaña nadie”. Tras dos años de exilio, pide volver bajo su responsabilidad. “Allí estaba presa, lejos de mis fías y el mi home. En la cárcel, por lo menos, van menguando los días de pena”.

A su vuelta, en 1966, la condenaron a tres meses de prisión y 100.000 pesetas de multa. Se negó a pagarlas “porque no las tenía, porque no iba a consentir que nadie las pagara y porque no quería que se riesen de nosotros”. Tuvo que cumplir un mes más, antes de volver a su casa y seguir protagonizando algunos de las protestas más significativas del antifranquismo en Asturias. Pero esas son ya otras historias, también invisibilizadas hasta recientemente por los libros de historia y por los discursos de la izquierda porque “hubo dos partes en esta lucha, la de arriba, la de los hombres, y la otra pequeñina, la de las mujeres, la diaria. El de los mineros es un relato épico y una foto de una mujer con una cestina en la cabeza estropea esa épica porque eso es la lírica“, sintetiza Montserrat Garnacho. Una lírica que, en muchos casos, se convertía en sus hogares en vidas atormentadas por la violencia machista.

En este sentido, el historiador Rubén Vega, que lleva años investigando desde el paradigma de la historia social, –“el de la de la inmensa mayoría, la gente común que no tiene estatuas ni recibe homenajes”–, entiende que “la agenda de los historiadores no la cambió una reflexión intelectual que nos llevase a tomar conciencia de nuestras carencias, sino el movimiento feminista que empieza a hacer historia con perspectiva de género y que nos plantea el desafío de ver cómo nosotros la estábamos haciendo tapándonos un ojo, viendo sólo la mitad”.

Un acercamiento al estudio de la historia – “que no es pasado, pasado es el tema que trata, pero la historia es siempre presente porque es la mirada desde la que nos dirigimos al pasado”, sostiene– que cambiaría no sólo los relatos oficiales, sino la esencia misma de los valores predominantes de nuestras sociedades.

“HUBO DOS PARTES EN ESTA LUCHA, LA DE ARRIBA, LA DE LOS HOMBRES, Y LA OTRA PEQUEÑINA, LA DE LAS MUJERES, LA DIARIA”

“Hay una cosa que hacen las mujeres en el 62 que no se había hecho en las huelgas anteriores, que son los piquetes. Las mujeres se atreven a hacer algo que los hombres no son capaces de hacer, y con ello juegan con algo que me parece fascinante:se hacen fuertes precisamente en su rol de género tradicional como esposas, madres y amas de casa para transgredirlo. Y esto a los represores, a la policía, a la Guardia Civil, les crea una contradicción: no pueden entrar a saco a reprimir a las mujeres como lo harían con los hombres. De hecho, las torturas a Anita Sirgo y a Tina Pérez y su rapado es más escandaloso porque son mujeres, porque a los hombres los torturaban diariamente, y porque el rapado era cosa de otra época. Ellas son capaces de aprovechar ese rol de género para subvertirlo porque no se espera que las mujeres hagan piquetes, que desafíen a los mineros, que extiendan la huelga o que se enfrenten a la policía. Y lo hacen en la esfera pública, desafiando al poder y las leyes, y desde la militancia política”, analiza Vega. “Y no es que previamente fuesen feministas y entonces hagan estas cosas, sino que, quizás, el hacer estas cosas les haga adquirir cierta conciencia feminista”, añade.

“No podíamos consentir que los hombres volvieran a trabajar con las orejinas bajas y sin conseguir nada”, resume Sirgo. Y no lo consintieron. Así tuvieran que pagarlo con torturas, cárcel y hambre. Así se lo pagaran, durante décadas, con silencio en los homenajes y con el blanco de los márgenes de los libros de Historia. Autora: PATRICIA SIMÓN

Nuestra bandera como Anarquistas

El 18 de marzo de 1882 , durante una reunión en la Salle Favié de París, Louise Michel , deseando desvincularse de los socialistas autoritarios y parlamentarios, se declaró inequívocamente a favor de la adopción de la «Bandera Negra» por parte de los anarquistas

El 18 de marzo de 1882 , durante una reunión en la Salle Favié de París, Louise Michel , deseando desvincularse de los socialistas autoritarios y parlamentarios, se declaró inequívocamente a favor de la adopción de la «Bandera Negra» por parte de los anarquistas.

«No más banderas rojaz, mojadas con la sangre de nuestros soldados.

Enarbolaré la bandera negra, de luto por nuestros muertos y nuestras ilusiones».

Un año más tarde, el 9 de marzo de 1883 , blandió una vieja enagua negra atada a un palo de escoba, durante la manifestación de los «parados» en Los Inválidos en la que fue ldetenida.

El 12 de agosto de 1883 se publicó en Lyon un periódico con el título » Le Drapeau noir «.

#MemoriaAnarquista

Crimen de lesa humanidad. Un día como hoy, el 9 de agosto de 1945 cae la segunda bomba atómica en Nagasaki.

Un día como hoy, el 9 de agosto de 1945 cae la segunda bomba atómica en Nagasaki.

El 9 de agosto de 1945 a las 11:02 am. es lanzada la segunda bomba atómica en la ciudad de Nagasaki, Japón. Fue la segunda bomba en toda la historia de la tierra y esta definiría el curso de la Segunda Guerra Mundial, pues Estados Unidos tenía un arma tan poderosa que Japón desconocía.

Un día como hoy, el 9 de agosto de 1945 cae la segunda bomba atómica en Nagasaki.

El 9 de agosto de 1945 a las 11:02 am. es lanzada la segunda bomba atómica en la ciudad de Nagasaki, Japón. Fue la segunda bomba en toda la historia de la tierra y esta definiría el curso de la Segunda Guerra Mundial, pues Estados Unidos tenía un arma tan poderosa que Japón desconocía.
Tan solo unos días despues de lanzada esta segunda bomba Japón se rinde en la guerra.
Nagasaki era una ciudad con un puerto importante donde se producian barcos y artillería militar. Esta segunda bomba lanzada a Nagasaki estaba producida con Plutonio, la de Hiroshima era de Uranio.
Durante la detonación en Nagasaki la temperatura se elevó a un nivel aproximado de 3,900 grados celsius y vientos de 1,005 kilometros por hora. Se calculan 35,000 muertos en el instante de la detonación.

CNT-AIT. Ayer hoy y siempre la Anarcosindical

CNT-AIT

Por mucho que les fastidie la corriente Partido Político «sindicalista » o mejor conocido como los reformistas que siempre a querido controlar la CNT queriendo llevar terreno colaboración partidos políticos, la parte más revolucionaria siempre fue la CNT AIT la anarcosindicalistas sin partidos políticos y el 4 congreso de la CNT-AIT en Zaragoza 1 de Mayo se rechazo la corriente reformistas de los Pestaña su rollo partido político «sindicalista»

Historia del Movimiento Anarquista

CNT/AIT, El 4 de mayo de 1897 son fusilados,

El 4 de mayo de 1897 son fusilados en los fosos de la fortaleza militar del castillo de Montjuïc de Barcelona (Catalunya) los anarquistas Joan Alsina Vicente, Tomás Ascheri Fossati, Luis Mas García, Josep Moles Duran y Antoni Nogués Figueras, mas

El 4 de mayo de 1897 son fusilados en los fosos de la fortaleza militar del castillo de Montjuïc de Barcelona (Catalunya) los anarquistas Joan Alsina Vicente, Tomás Ascheri Fossati, Luis Mas García, Josep Moles Duran y Antoni Nogués Figueras, procesados ​​como responsables de el atentado cometido el 7 de junio de 1896 contra la procesión religiosa del Corpus Christi en la calle Canvis Nous de Barcelona.

La represión que se desató contra el movimiento obrero catalán ha pasado a la historia bajo el nombre de «Proceso de Montjuïc». Los encarcelamientos arbitrarios, la causa judicial y el juicio se realizaron sin ningún tipo de garantías.

Muchas de las confesiones fueron sacadas bajo torturas, hasta el punto de que uno de los fusilados (Lluís Mas) enloqueció. La madrugada del 4 de mayo de 1897 los alrededores del castillo de Montjuïc estaban fuertemente vigilados por guerrillas de soldados, destacamentos de la Guardia Civil y fuerzas de Policía.

Trataban de mantener alejada a la multitud que, desde hacía horas, se acercaba por las laderas de la montaña hasta los fosos de la fortaleza. Hacia las cinco de la madrugada los reos salieron fuertemente vigilados por dos compañías del Regimiento de Cazadores de Figueres. Iban descubiertos y atados de manos en una única cuerda.

A su alrededor marchaban autoridades, frailes y el médico forense encargado de certificar oficialmente sus muertes. Un oficial dirigió órdenes de al piquete de ejecución y mandó que los condenados se arrodillaran.

Antoni Nogués llamó a los soldados: «¡Fuego! ¡Fuego! ¡Apunte bien! ¡No hagáis sufrir!»; Josep Moles se murió gritando «¡Viva la Revolución Social! » y otros clamaban su inocencia.

La descarga de los máusers apagó todas las voces. Después siguieron los tiros de gracia.

Meses después, el 8 de agosto de 1897 el anarquista italiano Michele Angiolillo mata de tres tiros de revólver al presidente del Consejo de Ministros español, Antonio Cánovas del Castillo, responsable político de las torturas y de la muerte de sus cinco compañeros

#MemoriaAnarquista

QUE NO TE MIENTA CIT-CNT.

NO TIENE NADA QUE VER CON CNT/AIW-IWA

LA CNT/AIT ES:

https://www.cntait.org/

https://www.cntait.org/sindicatos/

LA AIT-IWA ES:

https://www.iwa-ait.org/

Secciones

https://www.iwa-ait.org/es/content/directorio

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CIT/CNT ES OTRA COSA

QUE NO TE MIENTA CIT-CNT.

NINGUNO DE ESTOS PERTENECE A LA AIT/IWA

cnt.es/comite-confederal CIT– cnt.es/catalunya-balears CIT– cnt.es/centro CIT — cnt.es/andalucia-murcia/ CIT– cnt.es/norte CIT — cnt.es/extremadura CIT –cnt.es/asturias-leon CIT– cnt.es/aragon-rioja CIT– cnt.es/galiza CIT– cnt.es/valencia/ CIT


CNT/AIT-FAI LA BARRICADA CIERRA LA CALLE PERO ABRE EL CAMINO

LA BARRICADA CIERRA LA CALLE PERO ABRE EL CAMINO
El 19 de julio de 1936 era domingo, pero los trabajadores, principalmente los de Barcelona, no se habían relajado y muy al contrario habían pasado la noche en alerta, velando armas, ante las noticias de sublevación inminente de los militares facciosos.

LA BARRICADA CIERRA LA CALLE PERO ABRE EL CAMINO

El 19 de julio de 1936 era domingo, pero los trabajadores, principalmente los de Barcelona, no se habían relajado y muy al contrario habían pasado la noche en alerta, velando armas, ante las noticias de sublevación inminente de los militares facciosos.

Sublevación que se produjo efectivamente, aunque la capacidad organizativa y la audacia clarividente del proletariado anarcosindicalista barcelonés consiguieron derrotarla en pocas horas, trágicas e intensas ciertamente, pero sin embargo la euforia del triunfo con su descarga de tensión consiguió devolver su habitual aire festivo a aquel domingo al que, además, el carácter épico de la jornada dejó signado de manera muy señalada entre las efemérides proletarias.

Para celebrar pues la efeméride, entre los miles de textos y/o imágenes que se pudieran aportar dejamos este de L.A. Edo, interesante y novedoso por su original visión del genio creativo de la revolución en acto.

LA BARRICADA

COMO ESTRUCTURA REVOLUCIONARIA

Salvo algunos, muy pocos militantes de la CNT-AIT, los historiadores no se han detenido a reflexionar sobre lo ocurrido en Barcelona en las primeras horas de lucha del 19 de julio.

La explicación que dan para entender lo ocurrido no ha podido, por supuesto, ignorar la presencia de los anarquistas y de la CNT-AIT, incluso se les ha dedicado un canto lírico a su generosidad, a su entusiasmo, a la “heroica espontaneidad de esos pobres trabajadores sin armas”.

Pero ni una sola concesión cualitativa a su visión de aquellas horas, ni a la clarividencia de su actuación.

Sin embargo una reflexión objetiva sobre los hechos permite detectar algo más, que merece, aparte de ese reconocimiento moral, un estudio en profundidad bajo el prisma táctico, estratégico y estructural que es, en definitiva, lo que no esperaban los militares ni los políticos.

En primer lugar, sólo una intencionada distorsión de la realidad ha podido guiar a cuantos defienden la “especie”’ argumental de que la balanza se inclinó contra los militares gracias a la actuación de fuerzas de orden público. Esta afirmación no resiste el más ligero análisis.

Efectivamente, la capacidad de fuego era de 10 contra 1 en favor de los militares sublevados. Las deserciones de Darnell (Capitán de la Guardia de Asalto) y la del Comandante Recas (de la Guardia Civil) con sus respectivas unidades, aumentaba la

capacidad de fuego de los militares. No debe olvidarse que la Guardia Civil no interviene en favor de la Generalitat hasta las dos de la tarde, cuando “la suerte estaba ya echada”.

No es esta la respuesta que explica la derrota de los militares en Barcelona. Su capacidad de fuego no podía anularla sino un factor estructural, neutralizador y al tiempo disgregador de su fuerza.

“No impedir la salida de los militares de sus cuarteles’’, era la consigna de los Comités de Defensa de la CNT-AIT y FAI.

En efecto los militares salen a la calle a las 4’45 horas de la madrugada desde siete cuarteles distintos, con destino a ocupar los puntos neurálgicos de la ciudad: emisoras, telefónica, puerto, vias y cruces importantes, edificios estratégicos… En los primeros momentos avanzan sin demasiadas dificultades, aunque ya empiezan ha ser hostigados en medio del continuo sonar de las sirenas de fábricas y barcos como grito de alarma decidido por la CNT-AIT.

Ninguna línea de fuego hubiera podido pararlos… Pero apenas apunta el día empiezan a erigirse barricadas, el avance queda prácticamente paralizado y cuando a las 7’30 horas algunas unidades quieren regresar a sus bases se aperciben que se hallan atenazados: no pueden avanzar, pero tampoco replegarse; están rodeados.

Un nuevo órgano ha surgido: La Barricada.

A las 8 de la mañana más de 1000 barricadas han sido ya erigidas por toda Barcelona.

Cada Barricada nombra un delegado. Los delegados de las diversas Barricadas existentes en cada Barrio componen el Comité de Barriada.

Es la estructura que ahoga a los militares (señalemos aquí que idéntico método será empleado por el genio popular en la defensa de Madrid frente al acoso del ejército de Franco). A las 8 de la mañana “la suerte estaba hechada”: los militares acorralados, en nucleos aislados; las comunicaciones cortadas, sin coordinación; será cuestión de horas, núcleo a núcleo irán cayendo.

No es el resultado de la espontaneidad, sino fruto de la clarividencia.

LUIS ANDRES EDO, en “La Revolución Sin Fronteras” (Suplemento de Solidaridad Obrera, nº1-19 julio 1986)

#MemoriaAnarquista

#SindicatoconHistoria

#CNTAIT#AIT#IWA

CNT/AIT- FAI

El 16 de julio de 1936 los anarcosindicalistas de Confederación Nacional del Trabajo (CNT-AIT ) y de la Federación Anarquista Ibérica (FAI)

El 16 de julio de 1936 los anarcosindicalistas de Confederación Nacional del Trabajo (CNT-AIT ) y de la Federación Anarquista Ibérica (FAI) de Cataluña piden sin éxito a Lluís Companys, presidente de la Generalitat catalana, organizar la distribución de armas a los trabajadores para hacer frente a la amenaza de un inminente golpe de Estado militar.

El Comité de Enlace con la Generalitat estaba compuesto por Diego Abad de Santillán, Joan García Oliver y Francisco Ascaso, por la FAI; y Buenaventura Durruti y Josep Asens, por la CNT-AIT.

La Generalitat de Catalunya no sólo no dio armas, sino que requisó todas las armas que encontró a los militantes libertarios que hacían guardia en los cuartele.

Diego Abad de Santillán llegó a decir que «si los políticos temen el fascismo, aunque temen más el pueblo en armas».

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COMPAÑER@S ESTA MUY BIEN RECORDAR. PERO YA ES HORA DE ACTUAR. SALUD Y ANARQUÍA