REPRESIÓN POLICIAL EN VALENCIA

REPRESIÓN POLICIAL EN VALENCIA

Video de la represión

Los cuerpos de represión del estado, español en Valencia, aparte de estar protegiendo a representantes de un estado condenado por crímenes de guerra. Se han dedicado golpear al pueblo Valenciano que es quien paga su sueldo y el material con el cual hemos sido agredidxs de forma gratuita.
Una población desarmada y denunciando la opresión que sufre el pueblo palestino, de forma pacifica, Sigue leyendo

Manifestación por el pueblo palestin

sábado 27/9 a las 11:30 horas de la mañana en Gasolinera Pau Claris de Martorell. MAS

Martorell || Sábado de difusión (pancarta, octavillas y carteles) de la manifestación por el pueblo palestino del próximo sábado 27/9 a las 11:30 horas de la mañana en Gasolinera Pau Claris de Martorell. ¡Tod@s a la calle! Dissabte de difusió (pancarta, octavetes i cartelles) de la manifestació pel poble palestí del proper dissabte 27/9 a dos quarts de dotze del matí a Gasolinera Pau Claris de Martorell. Tots/es al carrer! CNT AIT Martorell en X (twitter)

https://x.com/CNT_Martorell/status/1969513295032791355

VOCES DEL LEVANTAMIENTO EN INDONESIA Affan Kurniawan sigue vivo en las calles

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VOCES DEL LEVANTAMIENTO EN INDONESIA Affan Kurniawan sigue vivo en las calles A finales de agosto de 2025 estalló una ola de protestas en toda Indonesia. En este informe, presentamos una entrevista con un autor anarquista indonesio encarcelado, junto con varias declaraciones de grupos anarquistas que han llegado a los medios de comunicación anglófonos desde que comenzó el levantamiento. CRIMETHINC HA PUBLICADO ESTE INFORME.

https://ca.crimethinc.com/2025/09/04/voces-del-levantamiento-en-indonesia-affan-kurniawan-sigue-vivo-en-las-calles

CNT-AIT Granada apoyamos esta movilización: CNT/AIT Sagunto se solidariza y anima a la movilización

*Movilización global por Palestina*

En *denúncia* a la negativa de Israel a cumplir con la orden emitida el 18 de Septiembre de 2024 por la Asamblea General de las Naciones Unidas (AGNU), mediante la cual exigía al estado sionista acabar con la ocupación de tierras palestinas y cumplir con las medidas dictadas por la Corte Internacional de Justicia en el caso de genocidio en un plazo de 12 meses.

Para *exigir* a los Estados miembros de la ONU que actúen de manera inmediata para poner *fin al genocidio* contra el pueblo palestino.

Este *jueves 18 de Septiembre* Global Movement to Gaza Granada nos sumamos a las jornadas de movilización global por palestina.

*Manifestación:* a las *19h* en *Plaza Nueva* para finalizar en el *río Genil*, en el *Puente Zirí*.

Únete a nosotres con tu bandera y kufiya.

Todos los ojos en Gaza, todos los ojos en la flotilla. *Viva Palestina libre*

Respuesta a las insultantes declaraciones de la Consejera de Desarrollo Sostenible. CNT/AIT

Tras la concentración a las puertas de la Consejería de Desarrollo Sostenible en Toledo, a la que convocaban la totalidad de las organizaciones sindicales presentes en la empresa pública Geacam, MAS

dependiente de dicha consejería, para denunciar la precariedad, los continuos recortes, la caducidad del convenio, su deficiente aplicación, y otros muchos problemas que arrastra el castigado y poco valorado colectivo de bomberxs forestales en nuestra región, la titular de dicha consejería hizo unas declaraciones incendiarias como respuesta a la movilización.

Solo caben dos posibilidades para explicar esta muy desafortunada intervención:
O bien no está bien informada de la situación real de nuestro colectivo o bien miente muy a sabiendas, con una mala fe manifiesta.

Vamos a intentar dar respuesta a dichas lamentables declaraciones, punto por punto.

Apela la señora consejera a que hay que «ser realistas» , y seguidamente manifiesta que » en otras CCAA se hacen las cosas de forma muy diferente «, en una velada amenaza de empeorar aún más las condiciones del dispositivo, tomando como baremo las CCAA en las que la situación del dispositivo está peor que en la nuestra, que por desgracia las hay, en lugar de fijarse como objetivo las CCAA en las que la situación sociolaboral del dispositivo, su profesionalización, estabilidad y reconocimiento están muy por encima de la nuestra, que también las hay, por fortuna.
Nuestro colectivo, como no puede ser de otra forma, aspira a mejorar, no se va a conformar con las malas condiciones en las que se encuentra ante la triste amenaza de que podríamos estar peor.

Continúa con estas declaraciones con el siguiente párrafo:

«Alguien piensa que con estas cifras de incendios y el número de hectáreas quemadas, que representan el 0,5% de todo lo que se ha quemado en España en estos momentos, si no tuviésemos suficiente personal y suficientes medios ¿hubiésemos podido atajar los incendios de la forma que lo hemos hecho? ¿Alguien lo cree? Sinceramente yo creo que hay que ser realistas, justos y saber lo que tenemos que hacer»
Esta campaña de incendios, que, recordemos que todavía no ha terminado, se ha cebado principalmente con el cuadrante noroccidental de la península, debido a las condiciones meteorológicas y a la especial casuística de los incendios en dicho cuadrante, y ha resultado, hasta la fecha, muy poco virulenta en el resto de la península, en la que hay muchos y muy variados dispositivos de lucha contra incendios. Gracias al trabajo de lxs bomberxs y técnicxs de nuestro maltratado colectivo no ha habido ningún incendio de gran magnitud, al menos comparable a los monstruos de León u Orense, lo cual no significa que el dispositivo sea suficiente ni esté bien dotado, sino que el pundonor y trabajo profesional de sus integrantes, en jornadas interminables y condiciones muchas veces inhumanas ha suplido las carencias estructurales.
Colgarse una medalla que no le corresponde más que a condiciones circunstanciales y a la extenuación y sobreexplotación del díspositivo es una maniobra muy maquiavélica.

Seguidamente declara que la totalidad de la plantilla trabaja 365 días al año, mentira manifiesta, cosa que ella misma confirma al admitir que existe aproximadamente (sic) un 7% de fijxs discontinuxs, como si estxs no formaran parte de la plantilla, y añadimos también al contingente de interinxs que se incorporan cada verano en contratos eventuales para ir a la calle al final de la temporada.

Afirma que «cuando se necesita un refuerzo en verano, evidentemente se contrata ese personal, pero además el convenio colectivo garantiza que esas personas una vez que finalizan su actividad con nosotros, no van a la calle y no se les vuelve a contratar nunca jamás en la vida, sino que vuelven a la bolsa de trabajo específica para poder volver a ser contratados cuando se requieran por parte de la empresa, con su formación específica, con su equipación específica y con todos los bienes y los materiales necesarios», como si ese colectivo, en el que encuadramos a fijxs discontinuxs e interinxs fuese un contingente cleenex, de usar y tirar, siempre disponible a capricho de la empresa. Con cuatro meses de contrato, que es la duración de lxs fijxs discontinuxs, o incluso mucho menos, en el caso de las bolsas de interinxs, no se come ni se vive, y se produce la situación endémica de que gran parte de estos contingentes formados y con vocación acaban abandonando la carrera, migrando a otras opciones laborales con mejores perspectivas. Se pierde así a gente muy valiosa y con vocación, además de todo el trabajo de formación invertido en ellxs.
Sería necesario estabilizar a este colectivo, no pertenecer a un servicio que mengua y crece por consideraciones únicamente económicas. En el resto del año hay tareas preventivas que realizar, incendios para los que se pide personal voluntario, y otras emergencias como inundaciones y accidentes, en los que se necesita un dispositivo de asistencia ágil y formado, para atender dichas necesidades en las zonas rurales.

Manifiesta que «nos encontramos con nada más y nada menos sólo 291 personas trabajando en Geacam y 16 millones de euros para hacer prevención. Hoy tenemos 2.530 personas trabajando, de los cuales más de 2.200 son bomberos y bomberas forestales, que somos de las pocas comunidades autónomas que tenemos reconocida esa categoría profesional». Apaga y vámonos, haber superado la nefasta gestión de Cospedal no es como para tirar cohetes, es casi imposible hacerlo peor.
En cuanto a la categoría profesional dice la verdad, pero tener reconocida la categoría sin que esto se traduzca en sueldo o mejoras tangibles es un brindis al sol, lo mismo daría que en nuestros contratos figurara la categoría de ministrxs… Somos un servicio público, y como tal debemos estar reconocidas, demandamos ser personal laboral, con las mejoras laborales y salariales correspondientes.

Continúa con este muy desafortunado y ofensivo párrafo, «los últimos diez días se han contabilizado 52 incendios en toda la región, con 187 hectáreas exclusivamente quemadas, una gestión que ha atribuido a la eficacia y eficiencia del Gobierno autonómico».
Atribuir la escasa incidencia de incendios y la poca superficie quemada a la «eficiencia y eficacia del gobierno autonómico» es un insulto a el colectivo y a la empresa pública, que somos quienes luchamos en primera línea y los que gestionan las actuaciones contra los incendios, muy a pesar de la escasa dotación y la deficiente situación laboral de gran parte del contingente.

Difícilmente se pueden hacer unas declaraciones más alejadas de la situación real del dispositivo, más ofensivas y más incendiarias que las que usted ha hecho, señora consejera.

CNT-AIT GEACAM

ZSP/AIT. Związek Wielobranżowy, Warszawa

Cientos de personas en Varsovia marcharon por #FreePalestine exigiendo #EndIsraeliApartheid y #GazaGenocide, incluyendo judíos polacos y descendientes de refugiados palestinos que se criaron aquí, todavía teniendo su hogar en sus corazones, tomados por colonizadores sionistas.
También repartimos folletos para nuestro evento de la próxima semana ZGAŚ FASZYZM W ZARODKU – kontrdemonstracja przeciw Braunowi

Braun a veces se refiere a Palestina como un ataque contra Israel, pero él y sus compinches son difíciles de identificar en eventos pro-palestinos ya que su odio a los árabes y el Islam es tan fuerte como los judíos y el judaísmo, normalmente ahora tiene otra excusa.

Como todos los nacionalistas, Braun y Sionistas, diferentes detalles, sus puntos de vista son idénticos en aproximación: fundamentalismo religioso, supremacía blanca, xenofobia, etnocentrismo. Incluso el creador del sionismo, Theodor Herzl escribió que los antisemitas son los mayores aliados de los sionistas, lo cual es difícil de estar en desacuerdo con ver cómo los sionistas tratan a los judíos sin apoyar a Israel o a sus autoridades actuales.

#Antyfaszyzm

#Antyrasizm

#Anarchizm

#Syndykalizm

#FckNzs

LA HUELGONA: Las mujeres que pararon dos meses a Franco, AL FASCISMO SE LE COMBATE NO SE LE DISCUTE


En 1962, una huelga minera que se inició por un conflicto laboral en Asturias terminó convirtiéndose en el mayor desafío político al que tuvo que enfrentarse el franquismo desde la finalización de la Guerra Civil: 300.000 trabajadores de todo el Estado español terminaron sumándose a un paro

En 1962, una huelga minera que se inició por un conflicto laboral en Asturias terminó convirtiéndose en el mayor desafío político al que tuvo que enfrentarse el franquismo desde la finalización de la Guerra Civil: 300.000 trabajadores de todo el Estado español terminaron sumándose a un paro que se extendió durante dos meses. Fueron las mujeres de las Cuencas Mineras las que garantizaron las condiciones que lo hicieron posible.

A lo largo de la historia, ha habido –y hay– quienes saben que sí o sí aparecerán en los libros; quienes intuyen que sus aportaciones, para bien o para mal, podrán merecer la atención de los que la escriben; y quienes ni por asomo lo han contemplado. A este último sector pertenece la mayoría de la población y, en especial, de las mujeres, pero es ahí donde se ha hecho historia con mayúsculas, aquella que ha perpetuado la vida frente a la destrucción, que ha sembrado justicia frente a los privilegios y que se ha constituido en resistencia frente a quienes sostenían que conformarse era el mandato divino o legal.

En 1962, cuando el régimen franquista presumía de un supuesto milagro económico como estrategia para legitimarse y lavar su imagen internacionalmente, un grupo de mujeres y hombres pobres de un aislado valle asturiano conseguían lo impensable hasta el momento: abrir la brecha de la oposición política a partir de lo que empezó siendo, ni más ni menos, que una protesta laboral.

La esquiva primavera asturiana seguía haciéndose de rogar en la Cuencas Mineras en aquellos días de abril de 1962 en los que miles de hombres tenían aún que recorrer hasta dos horas a pie para llegar, aún de noche, a los pozos en los que iban dejándose los pulmones y la vida, para salir por un mísero sueldo, también de noche, a unas condiciones de vida que no diferían mucho de las que habían vivido sus antepasados un siglo atrás.

Con una diferencia abismal: las Cuencas habían sufrido la Guerra Civil y la posguerra con una virulencia especial, aquella que los golpistas consideraban que merecía una zona destacadamente roja y a la que tanto les había costado aplacar –que ya se había convertido en un símbolo de los movimientos obreros con su Revolución de 1934– y que durante años albergó en sus montañas a guerrilleros que se negaban a dar por vencida a la democracia.

Guerrilleros que no habrían podido subsistir sin el apoyo de la población civil que les protegía, nutría y esperaba, mayoritariamente conformada por mujeres. Una de ellas era Anita Sirgo, hija del guerrillero Avelino Sirgo, y enlace de la guerrilla desde los nueve años. Ser miembro de una familia republicana no sólo le costó no conocer a su padre –sólo lo vio una vez sin saber quién era– y no saber aún ni en qué cuneta está enterrado, sino que sus abuelos y su madre fueran encarcelados y su tío ejecutado. Por todo ello, es una de las firmantes de la causa contra los crímenes del franquismo que se investiga en Argentina.

Pero Anita Sirgo es también una de las cientos de mujeres que hicieron posible la emblemática huelga minera de 1962, que tuvo su origen en unas sanciones de suspensión de empleo y sueldo a siete mineros que se atrevieron a pedir una subida del jornal que cobraban en el Pozo Nicolasa, en Mieres. Esto, que había ocurrido infinidad de veces anteriormente, desató un extraordinario movimiento de solidaridad que empezó entre sus propios compañeros , que se negaron a trabajar al día siguiente iniciando así una huelga de dos meses que se fue extendiendo, primero por las minas asturianas y siderúrgicas -60.000 obreros sólo en esta región-, y posteriormente por 23 provincias españolas. Según distintas fuentes historiográficas, llegaron a participar hasta 300.000 personas de todo el Estado español. Y todo ello, sin convocantes ni consignas, sin apenas hablar -se conoce también como ‘la huelga del silencio’– para evitar filtraciones y represión, y echando mano de una cultura muy interiorizada de la solidaridad de clase que “cuenta con unos mecanismos de identificación de quiénes son los nuestros y quiénes el enemigo que suelen funcionar de una manera muy espontánea ya que no requieren una militancia explícita”, explica Rubén Vega, historiador y autor del libro Las huelgas de 1962.

Tal fue la repercusión nacional e internacional –se celebraron actos de solidaridad en otros países europeos, y medios como The New York Times o Le Monde se hicieron eco de la rebelión–, que la huelga consiguió algo extraordinario, como lo define Vega: “Algo que no había ocurrido antes y que no volvió a ocurrir: que un ministro de Franco viniese no sólo a negociar con los huelguistas, sino que además cediese. Es peculiar, además, porque las minas eran privadas aún y el que negocia es un ministro, no la patronal ni los empresarios. Y porque las cesiones se decidieron en un Consejo de Ministros presidido por el dictador y se publicaron en el Boletín Oficial del Estado. Se conceden 75 pesetas por cada tonelada producida de carbón destinadas a la subida de los salarios”.

Como subraya Vega, en aquel momento los mineros llevaban ya más de un mes en huelga, un delito equiparable a la rebelión militar según la legislación vigente, lo que convirtió inmediatamente a la huelga en un desafío político y, sin embargo, el régimen negoció con quienes, bajo sus normas, eran delincuentes.

La última vez que los mineros habían visto incrementarse sus sueldos había sido en 1956, pero en 1962 el precio de alimentos básicos como el pan o las patatas se había encarecido entre un 50 y un 200 por ciento. “La huelga fue posible por una combinación de factores. Había descontento porque el régimen presumía de que la economía empezaba a tirar, pero la gente no veía mejorar su situación. La minería es un sector muy especial porque había una tradición muy fuerte de solidaridad que hizo que el conflicto estallase. Pero también por un relevo generacional. La mayoría de los detenidos y deportados por la huelga tenían una media de edad muy joven, gente que no había vivido la guerra y que, por tanto, tenían menos miedo”, resume Vega. De hecho, pese a que había actividades clandestinas de organizaciones como el Partido Comunista y de cristianos de base, no pudieron ver venir la huelga “y ni en sus mejores sueños hubiesen podido imaginar lo que iba a ocurrir”, añade. Aunque sí la apoyarían una vez desatada.

Hasta aquí el resumen del relato habitual de uno de los capítulos más heroicos del antifranquismo, con el que Asturias se labró parte de su merecida reputación obrera y rebelde. Pero, ¿quiénes aseguraron en gran medida las condiciones necesarias para mantener una huelga de dos meses?

“Yo he conocido a mujeres que han trabajado en todos los ámbitos de la mina”, explica Montserrat Garnacho Escayo, antropóloga de género natural de Mieres, y autora de numerosos libros y artículos sobre las mujeres en las minas asturianas. “Conocí a una mujer que fue picadora durante ocho años porque su marido no podía seguir por la silicosis. Como la paga que le correspondía no le daba para vivir a ellos y a sus hijos, le pidió al jefe que le dejara desempeñar su puesto. Rompió aguas picando, porque tuvo dos hijos más siendo minera. Pero, claro, la paga la cobraba a nombre del marido, porque en aquel momento era ilegal que las mujeres fueran mineras. Las mujeres están ocultas de la foto, pero estaban ahí”.

Las mujeres han trabajado en las minas -dentro y fuera- desde sus inicios, como los niños y las niñas, por ser un trabajo precario y denostado. También en Asturias, donde encontramos cómo fueron empleadas desde el siglo XIX también como picadoras cuando había aumentos de la demanda, como en la paralización de la siderurgia vasca por la Tercera Guerra Carlista o durante la I Guerra Mundial. Siempre cobrando la mitad que los hombres, 1,05 pesetas a finales del siglo XIX según un estudio de Fernando García Arenal, citado por Garnacho, y menos que los menores, que recibían entre 1,25 y 1,5 pesetas. Según esta estudiosa, en esta época se estima que unas 600 mujeres trabajaban en las minas asturianas de hulla.

Eso sí, cuando escaseaba la demanda, las mujeres volvían a ser relegadas a las labores que tradicionalmente desempeñaban como carboneras: cargar los vagones con el carbón extraído de los pozos, lavarlo –a menudo, con sus bebés al lado tragando el mismo polvo que también a ellas les provocaba silicosis, aunque no se le reconociese como enfermedad laboral–; e, incluso, recuperando el carbón que terminaba en las riberas de los ríos, cargándolo en cestos chorreantes de agua sobre sus cabezas durante kilómetros, para venderlo o tener así algo con lo que alimentar sus propias cocina de carbón. Eso sí, estos trabajos sólo eran aceptados socialmente si los desarrollaban antes de casarse. Si no, era cosa de las viudas de los ‘rojos’, de las madres solteras o que tenían a sus esposos en los campos de concentración, o “mujeres de mineros muertos en accidente a quienes se les ofrecía el medio jornal a cambio de la paga de viudedad, más miserable aún”, escribe Garnacho.

Pese a que sus condiciones eran mucho peores incluso que las de los mineros, no aparecen en el relato heroico de las condiciones que provocaron las huelgas de 1962, como tampoco lo hicieron sus vecinas y esposas, hijas y madres de los mineros que pagaron con cárcel, torturas y hambre la osadía de organizarse para que éstos cobraran algo más que una miseria.

Hombres que, por aquel tiempo, no tenían derecho siquiera a “una muda de ropa –porque llegaban por la noche con el uniforme empapado por el agua que caía en los túneles y no nos daba tiempo a secarlos, así lo pusiéramos en cuanto llegaban encima de la cocina de carbón–; o ducharse en un sitio cerrado y con agua caliente”, nos dice Anita Sirgo, que ya trabajaba en la clandestinidad para el Partido Comunista cuando se desató la huelga del 62. Su marido, Alfonso Braña, también implicado en la lucha antifranquista comunista, había sido despedido de la mina anteriormente, donde había trabajado como picador y vigilante, pero tanto ellos como sus hijas seguían viviendo en el edificio que se había construido en Lada (Langreo) para alquilárselo a los trabajadores de la mina. Desde allí, junto a otras mujeres como Constantina Pérez (Tina) y Celestina Marrón, gestaron y coordinaron la resistencia que haría posible una huelga de dos meses para unas familias que ya malvivían cuando tenían un salario y que “se convirtió en el primer gran desafío para el franquismo en términos de movilización obrera que, además, consiguió conectar este movimiento de trabajadores con el estudiantil, el intelectual –un centenar de ellos firmaron una carta de protesta dirigida al régimen- y el de mujeres -más de 200 se manifestaron en solidaridad con la huelga en la madrileña Puerta del Sol–”, analiza Vega.

“Como no podíamos juntarnos más de siete mujeres porque no había derecho a la reunión, y ya estábamos fichadas, pues nos encontrábamos de a poquitas. Poníamos una cafetera y unas tazas en la mesa por si venía la Guardia Civil a ver qué estábamos haciendo, y nos poníamos de acuerdo sin poder tomar notas ni nada, todo era de memoria”, rememora Anita en la misma cocina en la que organizó gran parte del reparto de la propaganda, así como muchos de los piquetes que garantizaron el mantenimiento de la huelga. “Antes no había móvil, tenía que ser todo caminando y con la lengüina. Había veces que salíamos a hablar con las otras mujeres por la mañana y no volvíamos hasta por la noche”, explica esta mujer que a sus ochenta y ocho años no aparenta más de setenta, y que transmite tanta energía como calidez.

“La participación de las mujeres en la huelga fue decisiva desde el inicio, por ejemplo, con el reparto de propaganda que permitió que se extendiera por las Cuencas”, explica Vega. Fue así como las mujeres consiguieron romper con el cerco informativo de la censura franquista y con el aislamiento que sufrían las Cuencas, desde donde las noticias llegaban con días de retraso a ciudades como Gijón u Oviedo.

Para ello, las mujeres escondían bajo sus ropas las cuartillas, a sabiendas de que un delito así se pagaba con prisión. Y para asegurarse de que las mujeres que habían dado su palabra de que participarían en los piquetes no se echaban atrás, Sirgo y sus compañeras se levantaban a las cinco de la mañana para ir a buscar una a una a sus compañeras. Sabían, porque arrastraban el mismo dolor, que no debían temer sólo a los palos con los que la Guardia Civil las intentaba dispersar, ni a las represalias contra sus maridos, sino que eran perfectamente conscientes de que el franquismo no perdonaba la disidencia porque ellas mismas habían crecido rodeadas de familiares asesinados en las cunetas, encarcelados en campos de concentración o asediadas por el hostigamiento con el que en las Cuencas se perseguía a las ‘rojas’. “De aquella sabías que salías de casa, pero no si volvías. Recuerdo que el primer día de huelga que fuimos a buscarlas, estaban todas levantadas y no falló ninguna”.

Armadas con palos y maíz, cortaban los accesos a los pozos y regaban los caminos con los granos. El mensaje era claro, estaban llamando ‘gallinas’ a los que intentaban volver al tajo, sabiendo que pocas cosas peores se les podía llamar a un paisano asturiano. Una sencilla medida que realmente contrariaba a los llamados ‘esquiroles’. Y cuando los guardias civiles intentaban detener a alguna, se entrelazaban con sus brazos al grito de “o todes o nenguna” (“o todas o ninguna”). Los porrazos llovían y los brazos se fundían.

“Había esquiroles que querían entrar al pozu porque ya no se aguantaba más, porque claro, se pasó mucha hambre y eso que teníamos una muy buena solidaridad con las tiendas, que nos daban fiado”, apostilla Sirgo mientras mira a su alrededor y recuerda cómo las mujeres de edificios tan austeros como éste –cuyas dos plantas parecen achatarse aún más bajo el peso de un niebla materializada en orbayu– se organizaban para recaudar dinero y comida de los comercios y de los chigres (sidrerías) –”todos daban”– que ponían en común para todo el vecindario. Pero también, para enviarlo a los más de 120 huelguistas que fueron deportados a regiones españolas aún más míseras y en las que no tenían a nadie, a las familias de los 198 que fueron despedidos y a las prisiones en las que se amontonaron hasta 356 huelguistas encarcelados.

Hay que recordar que hasta los años 50, en Asturias había más de medio millar de presos republicanos trabajando forzosamente en las minas, donde se instalaron algunas de las Colonias Penitenciarias Militarizadas que el régimen repartió por todo el país para explotar a unos 400.000 presos políticos, según José Luis Gutiérrez Molina, director científico del banco de datos Todos los nombres. Por cada dos días trabajados les restaban, supuestamente, uno de condena. Y como todo pago recibían un jornal de 50 céntimos, cuando la media por el mismo trabajo estaba entre 7 y 9 pesetas, según el exminero y líder sindical Antón Saavedra. Muchos mineros asturianos apresados durante la guerra y la posguerra, terminaron siendo explotados en yacimientos de otras regiones. Por tanto, la prisión no era un escenario ajeno a la minería.

“Era una solidaridad que no veo por ninguna parte hoy, cuando hay tantas o más razones que entonces. Una de las mujeres que venía a los piquetes, con un palo que quitó a una banqueta, tenía más de 70 años. Tenía a sus dos fíos (hijos) en la mina. No logro entender lo que pasa hoy”, dice Sirgo, ahora volcada en las manifestaciones por las pensiones, sin perder la sonrisa, “porque si no mantenemos el ánimo, vidina del alma mía, esto no hay quien lo soporte, porque sufrimos mucho, mucho, mucho”.

Tanto como que un año después, en 1963, llega destinado un nuevo capitán de la Guardia Civil a las Cuencas Mineras, Antonio Cairo Leiva, para poner orden ante la sucesión de nuevas huelgas. “Supongo que en su cabeza esta zona es un foco de rojos, de enemigos a conquistar. Decide hacer méritos y encontrar al más buscado, Horacio Fernández Iguanzo”. Iguanzo, conocido como El Paisano, fue un destacado dirigente comunista que pasó más de una vez por casa de Sirgo y su marido, Braña.

El capitán Leiva manda buscar al matrimonio, como a tantos otros destacados participantes en las huelgas, para que vayan a comisaría. Primero va Braña, después Sirgo con su amiga Tina Pérez. Cuando las encierran en el calabozo, Sirgo sospecha que su marido está en la celda de al lado y golpea la pared con sus tacones, que no se quitaba desde que consiguió tener un primer par el día de su boda. Al otro lado, Braña responde con los mismos golpes. A partir de ahí los gritos, llantos y puñetazos se suceden. Los mismos que poco después recibirían Anita y Tina para que den nombres, localizaciones, implicaciones políticas. No abren la boca. Leiva sigue golpeando. Otros torturadores bien conocidos en las Cuencas, como el cabo Pérez, también. Ante su silencio, Leiva ordena que las rapen. Ocho días después de su detención, les exige que para ser puestas en libertad, cubran su cabeza con un pañuelo. Ellas se niegan. Salen con la cabeza bien alta, para que todo el mundo las vea. Anita ha perdido la audición de uno de sus oídos. Tina saldrá tan debilitada, que muere dos años después como resultado de las enfermedades que se le sucederán a partir de ahora. Es 1965 y Anita Sirgo no podrá ir a su entierro porque está en París, exiliada después de que le tirará uno de sus tacones a un Guardia Civil que la perseguía tras una protesta. El Partido Comunista la ha sacado de España esa misma noche para evitarle la prisión. Allí, en casa de unos camaradas franceses, aprende a leer y escribir “lo poco que sé, pero, por lo menos, a mí ya no me engaña nadie”. Tras dos años de exilio, pide volver bajo su responsabilidad. “Allí estaba presa, lejos de mis fías y el mi home. En la cárcel, por lo menos, van menguando los días de pena”.

A su vuelta, en 1966, la condenaron a tres meses de prisión y 100.000 pesetas de multa. Se negó a pagarlas “porque no las tenía, porque no iba a consentir que nadie las pagara y porque no quería que se riesen de nosotros”. Tuvo que cumplir un mes más, antes de volver a su casa y seguir protagonizando algunos de las protestas más significativas del antifranquismo en Asturias. Pero esas son ya otras historias, también invisibilizadas hasta recientemente por los libros de historia y por los discursos de la izquierda porque “hubo dos partes en esta lucha, la de arriba, la de los hombres, y la otra pequeñina, la de las mujeres, la diaria. El de los mineros es un relato épico y una foto de una mujer con una cestina en la cabeza estropea esa épica porque eso es la lírica“, sintetiza Montserrat Garnacho. Una lírica que, en muchos casos, se convertía en sus hogares en vidas atormentadas por la violencia machista.

En este sentido, el historiador Rubén Vega, que lleva años investigando desde el paradigma de la historia social, –“el de la de la inmensa mayoría, la gente común que no tiene estatuas ni recibe homenajes”–, entiende que “la agenda de los historiadores no la cambió una reflexión intelectual que nos llevase a tomar conciencia de nuestras carencias, sino el movimiento feminista que empieza a hacer historia con perspectiva de género y que nos plantea el desafío de ver cómo nosotros la estábamos haciendo tapándonos un ojo, viendo sólo la mitad”.

Un acercamiento al estudio de la historia – “que no es pasado, pasado es el tema que trata, pero la historia es siempre presente porque es la mirada desde la que nos dirigimos al pasado”, sostiene– que cambiaría no sólo los relatos oficiales, sino la esencia misma de los valores predominantes de nuestras sociedades.

“HUBO DOS PARTES EN ESTA LUCHA, LA DE ARRIBA, LA DE LOS HOMBRES, Y LA OTRA PEQUEÑINA, LA DE LAS MUJERES, LA DIARIA”

“Hay una cosa que hacen las mujeres en el 62 que no se había hecho en las huelgas anteriores, que son los piquetes. Las mujeres se atreven a hacer algo que los hombres no son capaces de hacer, y con ello juegan con algo que me parece fascinante:se hacen fuertes precisamente en su rol de género tradicional como esposas, madres y amas de casa para transgredirlo. Y esto a los represores, a la policía, a la Guardia Civil, les crea una contradicción: no pueden entrar a saco a reprimir a las mujeres como lo harían con los hombres. De hecho, las torturas a Anita Sirgo y a Tina Pérez y su rapado es más escandaloso porque son mujeres, porque a los hombres los torturaban diariamente, y porque el rapado era cosa de otra época. Ellas son capaces de aprovechar ese rol de género para subvertirlo porque no se espera que las mujeres hagan piquetes, que desafíen a los mineros, que extiendan la huelga o que se enfrenten a la policía. Y lo hacen en la esfera pública, desafiando al poder y las leyes, y desde la militancia política”, analiza Vega. “Y no es que previamente fuesen feministas y entonces hagan estas cosas, sino que, quizás, el hacer estas cosas les haga adquirir cierta conciencia feminista”, añade.

“No podíamos consentir que los hombres volvieran a trabajar con las orejinas bajas y sin conseguir nada”, resume Sirgo. Y no lo consintieron. Así tuvieran que pagarlo con torturas, cárcel y hambre. Así se lo pagaran, durante décadas, con silencio en los homenajes y con el blanco de los márgenes de los libros de Historia. Autora: PATRICIA SIMÓN